
Me hubiera gustado ser como él. Un tipo de buen corazón; noble, emprendedor, valiente. Desde que lo conocí me sorprendió su memoria elefantiásica. Sus recuerdos claros, su atención a los detalles. Fue una de las primeras virtudes que reconocí en él. Pero me sorprendió aún más su nobleza, su gratitud con la vida. Fue pobre. Más pobre de lo cualquiera de nosotros podría imaginar, y sin embargo nunca lo he oído renegar de su vida. Tanto así que cuando me cuenta su infancia siempre lo hace con una gran sonrisa. He llegado a envidiar esa vida, de juguetes humildes, de navidades vacías, de ausencia paterna. Su vida es un libro abierto, el mejor de todos los que he leído en mi vida. Su vida fue el principal motivo por el cual decidí dedicarme a escribir. Siento que aún no estoy preparado para hablar de él. Es un personaje complicado, difícil. Una maravilla andante. Sí. Es mi padre.
Sus moralejas llegan a mí a través de historias. Su concepción de la vida se muestra a través de maravillosos cuentos en los que él es siempre el personaje principal. Desde que me recogía en el banco para llevarme a la universidad y me contaba sobre la sierra, sobre su abuela, sobre sus incursiones en la ciudad. El día que Velazco hizo su mitin y cortaron la luz. El día que cruzó el Huallaga nadando para llegar temprano al colegio, o cuando lo surcaba en cámaras de llantas de camión, siguiendo la corriente. Me contaba de sus perros, que lo acompañaban a nadar. Me contaba de su burrito, al cual le dieron de latigazos para la molienda del grano, o la vez que lo arrastró un caballo. Mi infancia, maravillosa, se volvía insípida ante los recuerdos de su pobreza. Cómo era posible relatar penurias con tanta felicidad, como era posible relatar carencia con tanta alegría. Fue ahí que nació mi deseo de escribir.
Y sin embargo me dio la mejor de las infancias. Lo recuerdo siempre preocupado por hacerme feliz. Por darme lo que él nunca tuvo. Por ser la figura que quizá extrañó todas las noches de su niñez. Lo recuerdo a mi lado, leyéndome libros hermosos, enseñándome mucho sobre la vida, sobre la forma en que hay que sonreír. Quizá por eso mi alegría, a pesar de todas las penas que guardo dentro: porque mi padre siempre me enseñó que las caras tristes son para los derrotados, para los mediocres. Me enseñó que la vida guarda su magia hasta en la pena más profunda. Que siempre habrá algo que recordar, que siempre habrá algo de lo que aprender.
Recuerdo su primera llegada a la capital. La primera vez que vio el mar. Su trabajo en el arzobispado y veo una Lima hermosa, un Jirón de La Unión impecable a través de sus ojos nostálgicos. Me exoneraron en historia, cuando estaba en el colegio, sólo por recordar sus vivencias. La profesora pensaba que me había devorado libros, pero yo solo evocaba sus memorias, el asesinato de Banchero Rossi, Los Panzers de los Africacorps en la segunda guerra mundial. Recuerdo mucho las mil y unas noches. Las tradiciones Peruanas, el pequeño tour que me hizo de niño por la Lima antigua, cuando conoci la calle de Las Aldabas y la Calle de La manita. Lo recuerdo con sus libros inmensos, recuerdo a Marat y a Charlotte Corday. Y, sin duda, Papillon.
A través de él conocí a Ciro Alegría, a María Arguedas. Fui consciente de la realidad de mi país, del olvido que sufre mi gente. Aprendí a amar a mi pueblo, a respetarlo, aprendí a abogar por causas injustas, así me costara el empleo o la vida. Y recuerdo mi primer viaje a Jr. Quilca para comprar Cien años de soledad de García Márquez. Vargas Llosa, Ernest Hemingway también llegaron de sus manos. ¿Por quién doblan las campanas? Algún día doblarán por ti.
Y lo quiero. Aunque a veces mi carácter y mi paciencia no me permiten demostrárselo. Ha marcado cada instante de mi vida, ha pintado mi mundo con colores increíbles y me ha puesto una valla muy alta, pero tentadora. Me ha puesto el reto de contar su vida. Y muevo todo mi arte y pulo todo el poco talento que tengo para poder hacerlo. Quiero que llegue ese momento, ese feliz momento en que pueda esbozar esa novela que vive y respira a mi lado, quiero poder hablar sobre mi padre, quiero todos guarden en su memoria un poco de él. Y para eso, no basta un solo día.