
La soledad
Es el cilicio que ajusta el nervio
De los que respiramos
La dulce humedad de esta vocación
Labrada en piedra.
De insectos
Que han renunciado a la sordidez
Del mundo;
Que han evitado el cóctel somnífero
De los buenos tiempos.
Es la muralla
Que nos libra del color absurdo,
De la sonrisa perenne,
Del comentario inservible
Y de la caja luminosa,
Que somete al mundo
Noche tras noche.
Es el rostro horrendo
Que espanta toda oportunidad
De vida efímera, normal, tediosa.
Que nos ciega ante ese mal
Llamado futuro,
Y nos envía, día tras día,
A hurgar en nuestra memoria
Y luchar contra la miseria
De nuestra triste humanidad.
Es la amante perfecta,
Silente, absoluta,
Que sostiene nuestra mano temblorosa
Sobre la hoja rebelde
Tejiendo el pequeño nido
Donde las ideas se convierten
En un grito despiadado
Cargado de eternidad;
En el patético camino
Que los perdedores recorremos
Para librarnos de la muerte.