sábado, octubre 13, 2012

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Cuando pienso en la mujer de mi vida –No uso la palabra ideal porque me parece absurdo concebir a la compañera de mi vida bajo premisas arquetípicas-, suelo pensar en alguien cómo tú. Pienso en tu naturaleza; en esa sonrisa quebrada que suele balancearse con gracia hacia el lado izquierdo de tu rostro. Pienso en ese resoluto sentido de independencia y autonomía que te ha alejado de la vida cómoda y te ha armado del valor para afrontar algunas noches solitarias entre cuatro paredes con olor a pintura nueva mientras afuera la gente aún cuchichea la presencia de una nueva vecina. Pienso en el camino que recorres para cumplir tus sueños, en tu agenda recargada, en el tiempo irrespirable y en la vorágine del día a día: en todo aquello que sacrificas en pos de tu libertad.

Cuando pienso en la mujer de mi vida, pienso en la manera en que has asumido el rol protagónico en tu existencia; sin esperar nada de nadie para poder llegar a donde te has propuesto. Pienso en la lucha constante y la tenacidad a la que recurres para no dejarte abatir. Ganas mi admiración y mi respeto; pero sobre todo, queriéndote como te quiero, me haces sentir orgulloso.

Pienso en tu mirada tratando de descifrarme, en tus palabras cautas, en tus gestos irreprimibles. En el suspiro que antecede tu búsqueda de paciencia cuando me excedo, cuando me complico, cuando me equivoco y tropiezo en algún peldaño de esa escalera escarpada que debo recorrer para alcanzarte, y aún así llegas, gentil, a tenderme la mano. Pienso en el aliento que me das, en tu presencia, en esa magnífica esencia que me maravilla y me inspira, y ahuyenta a los demonios internos que muchas veces buscan desmoronarme.

Cuando pienso en la mujer de mi vida, pienso en tu cabello negro, en tu piel trigueña, en tus ojos pacientes y esa boca consagrada que parece acoplarse a mis labios con suntuosidad. En ese inesperado ardor que nace en ti y que, frenético, incendia nuestras noches. Un calor casi incontenible que hace insoportable el peso de nuestras prendas sobre el cuerpo y que, al aplacarse, suele dejar pequeñas quemaduras en mi cuello, apenas disimulables en el final de este hermoso invierno.

Cuando pienso en la mujer de mi vida, pienso en la distancia que nos separa, en el miedo que te rodea, en el paso que no crees ser capaz de dar. Cuando pienso en la mujer de mi vida, y en la vida que quiero al lado de ella, suelo reafirmar mis convicciones y pulir mis certezas. Y, aunque la duda remanezca, suelo invocarte con ansia en las mañanas, para empezar mi lucha diaria por dar la talla y no perder altura, por pulir mi talento y hacer que vuelques nuevamente tu mirada hacia mí. Tu nombre está cargado de verdad y victoria, y quiero pronunciarlo por el resto de mis días, no importe el tiempo que me tome lograr que me digas que sí.