Cuando pienso en la mujer de mi
vida –No uso la palabra ideal porque me parece absurdo concebir a la compañera
de mi vida bajo premisas arquetípicas-, suelo pensar en alguien cómo tú. Pienso
en tu naturaleza; en esa sonrisa quebrada que suele balancearse con gracia
hacia el lado izquierdo de tu rostro. Pienso en ese resoluto sentido de
independencia y autonomía que te ha alejado de la vida cómoda y te ha armado
del valor para afrontar algunas noches solitarias entre cuatro paredes con olor
a pintura nueva mientras afuera la gente aún cuchichea la presencia de una
nueva vecina. Pienso en el camino que recorres para cumplir tus sueños, en tu
agenda recargada, en el tiempo irrespirable y en la vorágine del día a día: en
todo aquello que sacrificas en pos de tu libertad.
Cuando pienso en la mujer de mi
vida, pienso en la manera en que has asumido el rol protagónico en tu
existencia; sin esperar nada de nadie para poder llegar a donde te has
propuesto. Pienso en la lucha constante y la tenacidad a la que recurres para
no dejarte abatir. Ganas mi admiración y mi respeto; pero sobre todo,
queriéndote como te quiero, me haces sentir orgulloso.
Pienso en tu mirada tratando de
descifrarme, en tus palabras cautas, en tus gestos irreprimibles. En el suspiro
que antecede tu búsqueda de paciencia cuando me excedo, cuando me complico,
cuando me equivoco y tropiezo en algún peldaño de esa escalera escarpada que debo
recorrer para alcanzarte, y aún así llegas, gentil, a tenderme la mano. Pienso
en el aliento que me das, en tu presencia, en esa magnífica esencia que me
maravilla y me inspira, y ahuyenta a los demonios internos que muchas veces
buscan desmoronarme.
Cuando pienso en la mujer de mi
vida, pienso en tu cabello negro, en tu piel trigueña, en tus ojos pacientes y esa
boca consagrada que parece acoplarse a mis labios con suntuosidad. En ese inesperado
ardor que nace en ti y que, frenético, incendia nuestras noches. Un calor casi incontenible
que hace insoportable el peso de nuestras prendas sobre el cuerpo y que, al
aplacarse, suele dejar pequeñas quemaduras en mi cuello, apenas disimulables en
el final de este hermoso invierno.
Cuando pienso en la mujer de mi
vida, pienso en la distancia que nos separa, en el miedo que te rodea, en el
paso que no crees ser capaz de dar. Cuando pienso en la mujer de mi vida, y en
la vida que quiero al lado de ella, suelo reafirmar mis convicciones y pulir
mis certezas. Y, aunque la duda remanezca, suelo invocarte con ansia en las
mañanas, para empezar mi lucha diaria por dar la talla y no perder altura, por
pulir mi talento y hacer que vuelques nuevamente tu mirada hacia mí. Tu nombre
está cargado de verdad y victoria, y quiero pronunciarlo por el resto de mis
días, no importe el tiempo que me tome lograr que me digas que sí.
