sábado, diciembre 29, 2007

Tenías razón, Isabel.

Fernando y yo todavía éramos grandes amigos el día que Isabel nos dijo para almorzar. Trabajábamos como asistentes del área de personal en un banco en el centro comercial de San Isidro, y veíamos con gran ilusión la posibilidad –debido a los buenos resultados profesionales obtenidos a tan corta edad- de hacer una interesante carrera en el mundo de la Gestión Humana. Fernando trabajaba en planillas y yo en administración de personal: acciones diferentes que convergían en un solo punto. Teníamos apenas veinte años, dos de haber ingresado al banco, y nuestro sueldo se había triplicado. También nuestra responsabilidad.

Desde que estudiamos juntos en la universidad, Fernando y yo divagábamos, esperanzados, sobre las muchas posibilidades que la carrera nos podía brindar. Asistíamos a clases, empeñosos y dedicados, siempre con el anhelo de llegar a ser como esos gerentes de ropas finas y autos lujosos que paseaban por la zona comercial, de tener gente a nuestro cargo y liderar, tomar decisiones estratégicas que nos posicionen como líderes dentro de una empresa y, finalmente, habiendo ganado la experiencia necesaria, asociarnos para formar un grupo de consultores, asesores especializados en las relaciones laborales. Íbamos por buen camino, y no podíamos fallar. Alegres y serviciales, aceptábamos cuanta labor nos era planteada, con la intención de obtener el conocimiento necesario y conseguir puntos, medallitas, galardones, elogios, aplausos y, ¿por qué no?, la posibilidad de ocupar una de esas oficinitas que algunos jefes, amigos nuestros, habían llegado a ocupar siendo tan jóvenes como nosotros. Veinte años, tan sólo, y ya teníamos trazada, por completo, la línea que marcaba el sendero a un próspero futuro.

Era verano, y el día que Fernando conversó con Isabel, recuerdo que, tras las ventanas opacas de la oficina de planillas se filtraba una tierna luminiscencia. Miraflores fue nuestro punto de encuentro acordado. Comeríamos algo rápido, como para permitirnos conversar un poco sobre nuestras vidas. Isabel estudiaba con nosotros en la universidad, pero las horas de clase y las tareas no nos dejaban tiempo para platicar. Ahora que lo pienso, fue complicado llevar el ritmo de trabajar de nueve a seis, estudiar de seis a once… Aprovechar una hora de almuerzo para juntarnos con una amiga de toda la vida como Isabel sí que valía la pena.

El taxi nos dejó en el parque Kennedy. Los árboles frondosos nos protegían de ese sol implacable. Había movimiento, un movimiento diferente al de San Isidro, más pausado, menos complejo. En San Isidro la gente se mueve con prisa, todos quieren llegar a algún sitio, quieren llegar a cobrar, a trabajar, a dejar alguna carta, quieren ganarle tiempo al tiempo, como si la vida en sí resultara insuficiente. Miraflores, en cambio, tenía cierta quietud, un aire familiar, descansado. Sí, algunos corrían, pero otros se tomaban el tiempo para usar alguna de las bancas del parque, para mirar los cuadros de los pintores ambulantes o para sentarse en un café y sostener una buena plática.

Ahí estaba Isabel.

Era bella (debe de serlo aún), y nos sonreía con esa gracia que nunca dejaba de entusiasmarnos. Había subido unos kilos, decía, aunque siempre la mirábamos con ojos cómplices y descubríamos que estaba mucho mejor que antes. De su personalidad y genialidad ni hablar: era una muchachita pilla, siempre alegre, siempre jovial y ocurrente. Fuimos a comer hamburguesas a un local de comida rápida. En la mesa, Isabel nos preguntó sobre nuestra vida laboral –la única vida que teníamos- y nuestros planes a futuro. Con mucho entusiasmo y sin querer parecer serios, Fernando y yo hablamos, mientras ella nos miraba con ojos expectantes. Cuando terminamos de contarle sobre nuestras aspiraciones, Isabel sonrió. Se alegraba por nosotros, pero no comentó nada al respecto. Entonces le preguntamos por su vida.

Ella no se decidía aún si optar por trabajar en la carrera o continuar con sus labores en una conocida compañía de seguros. Me gusta, nos dijo, pero no es lo que estudié, y me siento algo extraña de estar trabajando así. Le dijimos que aún estaba a tiempo, que siempre existía la posibilidad de encontrar una oportunidad para trabajar en la carrera. Nos prometió que lo pensaría. Si bien la amistad amortiguaba nuestro pensamiento, Fernando y yo no dejamos de considerar a Isabel como una persona sin rumbo, pues dentro de nuestra inflexible mentalidad, estudiar una cosa y trabajar en otra era una contradicción terrible, un error craso, y el éxito, decíamos entonces, yacía en la gestión de recursos humanos, y en ningún otro lugar.

Terminado nuestro almuerzo, Isabel nos pidió que la acompañáramos a su trabajo. Ya habíamos superado la hora de almuerzo, así que llegar más tarde a la oficina daba lo mismo. Caminando por las calles miraflorinas, Fernando y yo, con nuestras corbatas agitadas por un vientecillo entrometido, fumábamos un cigarrillo, mientras reíamos con Isabel. Fue entonces que llegamos hasta una esquina y nos despedimos. En ese momento, Isabel nos regaló un beso en la mejilla a ambos y acarició la corbata de Fernando.

-A ti te veo sentado en una gran oficina –le dijo-, como todo un gerente. Ya tienes el camino hecho.

Fernando sonrió y agradeció. Isabel pellizcó entonces una de mis mejillas.

-Y aquí, al hombre, ¿cómo lo ves? –preguntó mi gran amigo, con la seguridad de escuchar un comentario similar. Isabel se quedó pensativa por un momento y sonrió.

-¿A Humberto? No, no. A Humberto no lo veo así, no sé porque tengo la impresión de que te encontraré algún día en alguna playa, con tus libros y tu guitarra.

Fernando y yo nos miramos desconcertados. Me costó sonreír. ¿Es que acaso no me veía interesado en mi carrera? Quedé inmensamente preocupado y, ya de vuelta en la oficina, las palabras de Isabel retumbaban en mi cabeza. Fernando notó mi desconcierto y, como buen tipo que era, no dudó en restarle importancia a las palabras de nuestra amiga. Tu guitarra y tus libros no tienen nada que ver con tu carrera, me dijo.

Ocho años han pasado desde entonces y, en ese tiempo, mientras más me sumergía en la realidad doliente del país, mientras más profundizaba en mi carrera, mientras mi sentido de la justicia se iba puliendo en palabras de Ciro Alegría, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Manuel Scorza, José María Arguedas; las palabras de Isabel, casi como una predicción, fueron tomando forma. En esas oficinas donde estaban los gerentes que tanto admiraba, encontré a gente que le pedía a sus trabajadores que no marquen su tarjeta de asistencia los sábados y domingos, para no pagarles sus horas extras, encontré a gente que no gastaba un sol en la seguridad de sus obreros y que, cuando estos se lesionaban de manera permanente, los despedía sin compasión alguna, echándoles un sencillo de su billetera; encontré gente que condicionaba el trabajo de su personal con contratos renovados mes a mes, que usaba la ley para su conveniencia, que rompía las manos de inspectores ministeriales y evadía el pago de impuestos contratando al personal por recibo de honorarios. Encontré que, detrás del saco y corbata, detrás de ese orgullo narciso de sentirse intelectual por tener un título bajo el brazo, no hay nada más que un simple bribón, un jaque, un ladronzuelo despiadado que, con tal de llenar sus bolsillos de dinero y quedar bien ante los ojos de accionistas y empresarios, no duda en lastimar al prójimo, explotarlo y tratarlo como un lacayo miserable y servil que agachará la cabeza por la necesidad, por llevar un pan a su casa. En el camino a mi futuro, encontré que, en esas oficinas donde las ropas finas y los autos lujosos esperaban por mí, no estaba aquello que me haría feliz. Insatisfecho por el sendero equivocado en el que me he encontrado, ahora ya despierto y libre de esa venda mezquina que me adormeció durante tanto tiempo, me maldigo día a día por la elección tan torpe y distante de lo que ahora, ya recuperado de la modorra de esa falsa intelectualidad, quiero ser. Sumergido como estoy en esta profesión miserable que sólo se usa para lacerar la moral de otros, para aprovecharse de la necesidad ajena, para, en estos tiempos modernos, explotar a mis semejantes, entre engaños y malas artes, me pregunto si tendré la oportunidad de redimirme, y alejarme de una vez por todas de esas oficinas, zonas comerciales, sacos y corbatas. Entonces miro mi guitarra, mis libros, tecleo artículos de mala calidad en mi computadora y pienso si, cuando cumpla setenta años, me sentiré feliz de haber trabajado toda mi vida, de lunes a sábado, de ocho de la mañana a ocho de la noche, sin tregua, sin haber hecho nada más importante, y sé que la respuesta rotunda, como un grito despiadado, una cachetada, un golpe cruzado será "No".

Así, hoy, mientras leía "El Pintor de batallas" e investigaba sobre la guerra entre serbios y croatas allá por 1993, recordé sin querer la amistad –ahora finiquitada- que tenía con Fernando y las palabras de mi vieja amiga, de quien nunca tuve más noticias y aquí, en mi playa, con ese buen libro en mi regazo y las teclas de mi computadora sonando, no puedo dejar sorprenderme ante el certero comentario que recibí en esa calle miraflorina. Ocho años después de todo eso, sólo me queda por decir: tenías razón, Isabel.

sábado, diciembre 15, 2007

Y el muro cayó.

*En palabras de una pobre mujer que lloraba mientras su familiar moría sepultado, a un policía: "Si fuera su padre, su hermano, ¿qué haría usted?, ¿qué haría usted?
.
El muro cayó, aplastante, sobre la humanidad de ocho hombres que, víctimas de este Perú miserable, carente de oportunidades, lleno de vivos, de gente "pendeja" que, acostumbrada a la sacada de vuelta, al disco pirata, a la zapatilla de contrabando, no dudó en burlar a su prójimo y a la legalidad, y permitir una construcción en una zona insegura, con documentos falsos, sin el equipo necesario para la excavación de un sótano de grandes proporciones. Estos ocho obreros, ocho seres humanos, tan dignos de respeto y consideración como tu hijo, mi madre, nuestros sobrinos y nosotros mismos, murieron, sepultados por la mezquina ambición de tipejos inhumanos que, a base de mendrugos –jornales misérrimos y equipos de seguridad inadecuados- quisieron lograr una ganancia desmedida, repletar sus bolsillos con dinero, sin preocuparse por las vidas de aquellos que, metidos en ese hoyo enorme de tierra y piedras, labraban, golpe a golpe, ese beneficio.

¿Cuánto más hubiera costado instalar una vaya de seguridad para evitar un posible derrumbe? Tal vez un 10% o 15% más de inversión. Pero no. A los grandes pendejos peruanos no nos gusta gastar más de la cuenta. Lo queremos todo, pero sin pagar lo justo. Queremos ganar el ciento, no a punta de diezmos, sino a golpe de limosnas. Juramos por nuestras familias, pero dejamos de pensar en las familias ajenas. Miramos a nuestros hermanos trabajadores como súbditos, como incas dominados bajo un yugo colonial, o quizá, y peor aún, como simples bestias de carga y molienda, descartables, intercambiables, prescindibles.

Ahora, ocho familias lloran, en este diciembre de cálidas nostalgias y gratos momentos para compartir, la muerte de los pilares del hogar. Hombres que, por desgracia, no contaron con las oportunidades con las que los vivos y pendejos contaron, y que tuvieron que dedicarse a una noble tarea, guiados por líderes de barro, que los condenaron a una muerte estúpida, como tantas muertes estúpidas suceden en mi país, y que dejarán a sus familias, seguramente, abandonadas a su suerte, metiendo un sencillo en las carteras de esas esposas de llanto inconsolable, creyendo que con unos cuantos billetes podrán comprar –no devolver- la calma, y borrar, como si se tratara de una mala nota en la libreta, el error cometido.

Esta realidad, cansina, odiosa, es la que rodea a muchas empresas del medio. Yo, que trabajo en una de ellas, veo como muchos trabajadores han destrozado sus columnas, por estar expuestos a trabajos rigurosos, sin las medidas adecuadas de seguridad. Los gerentes, hombres de apellidos de alcurnia y acaudalados bolsillos, se niegan, endiosados y mezquinados por su fortuna, a invertir un sol más en el cuidado de sus trabajadores. El resultado: hombres que se van de la empresa, enfermos, que no podrán cargar más a sus hijos porque su espalda no se los permitirá, y que no podrán trabajar en labores rigurosas, que son las únicas para las que fueron formados. "Pero puedes trabajar en oficina", dicen los gerentillos, sin embargo, en los diez años que éstos hombres le brindaron a la empresa, trabajando de 6 de la mañana a once de la noche, cobrando 600 soles de básico, nunca tuvieron la chance para estudiar algo que les permita esa oportunidad. Se van, finalmente, jodidos, a terminar de pudrir su mal en un taxi o vendiendo, como sucedió con uno de ellos, quesos y alfajores, ensopados en la pobreza de la cual nunca salieron, mientras el rico cuenta sus fajos, regocijándose en su inteligencia y maña para hacer dinero.

Así, los muros seguirán cayendo sobre esta clase obrera desprotegida, abandonada a su suerte por gobiernos ineficientes, por ministros de trabajo tan obtusos, que tienen el desparpajo de recorrer las instalaciones de la construcción cuando ya todo se ha consumado, como si su recorrido fuera a cambiar las cosas, como si el hecho de ensuciar esos costosos zapatitos comprados con el dinero del pueblo fueran la garantía de que estas irregularidades asesinas van a terminar. Mientras tanto, los hijos y las esposas de estas víctimas innecesarias de la idiotez miserable de los que tenemos y podemos, seguirán tragando polvo y saliva, cobijados por esa pobreza indignante que los lleva a callar y seguir picando y zanjando, en esas construcciones de muerte, con tal de ver unos cuantos centavos en sus manos, para no morir de hambre, aunque por ello puedan, ironía estúpida de la vida, morir.


domingo, noviembre 25, 2007

La sonrisa ingenua

Dispuesto a iniciar la lucha contra mi obesidad, conversaba con mi hermano sobre que zapatillas comprar. Vamos a San Juan de Miraflores, me dijo. Ahí venden tabas mostrazas. ¿Robadas?, le pregunté, haciéndole un gesto de desaprobación. No, cholo, robadas no, son de contrabando. Las sacan en las noches y a menor precio. Anímate.

Hubo un tiempo en que yo era así. Cuando, orgulloso, recorría las galerías del jirón amazonas, cultísimo, ultra universitario con miras a ser un gran gerente en Recursos Humanos, y, ¿por qué no? Un consultor respetado, y compraba, con total ignorancia, libros de Bryce, Allende, Vargas Llosa y demás, todos piratas; cuando pisaba, con cierto temor, los rincones de las Malvinas, buscando algún producto "de segunda mano", y ahorrar con ello algunos soles que me permitieran tomar unas chelitas en la noche; o cuando transitaba, obnubilado, por los estrechos pasajes de Polvos Rosados, buscando a mis grupos favoritos, Libido, Mar de Copas, y algunos extranjeros, y compraba ediciones únicas: toda su música en un solo CD, y lo mostraba orgulloso entre mis compañeros de trabajo, en la oficina, y también entre mis amigos de la universidad. Escuchar a mi hermano fue un eco, distante ya, de lo que alguna vez fui, de lo que alguna vez hice. Estuve tentado, al escuchar la propuesta de mi hermano, de ir y ver. Pero me contuve.

No hermano, gracias, la verdad que mejor voy a buscar unas zapatillas a una tienda.

Y eso hice.

En Ripley, los precios de las zapatillas fluctuaban entre los doscientos y los trescientos soles. Supuse que los aranceles, más el precio de fábrica, elevaban los precios a ese nivel. Intenté buscar algo cómodo y, como no, volví a pensar en la oferta de mi querido hermano, pero terminé comprando unas zapatillas de doscientos setenta y nueve soles.

Estudié en la universidad sobre impuestos, sobre el desarrollo del mercado y, obviamente, de la nación. Estudié, como muchos, buscando aprobar, buscando una nota para el tercio, para estar entre "los más inteligentes", aún a costa e copiar de mis compañeros. Nunca fui acérrimo concurrente a la biblioteca, pero tuve oportunidad, luego, de leer, de "entender" lo que había aprendido, y dejar de tomarlo como un mero cursito de universidad. Los impuestos son el flujo necesario para el desarrollo de un país. A través de esa recaudación de fondos, los gobiernos (Perú no tiene gobernantes, lo sé) pueden destinar dinero para el desarrollo de las provincias, regiones y zonas marginales. Tal vez, con el dinero recabado por las ventas de libros, el gobierno podría levantar bibliotecas en aquellos pueblos consumidos por la ignorancia y el analfabetismo. Es un sueño bonito, pensar que niños y niñas podrían tener la oportunidad de leer los libros que yo leí en mi infancia, pero sobre todo, leer las obras recientes de afamados escritores. Tal vez, con el dinero recabado con las ventas de discos, el gobierno podría reforzar la creación de escuelas de música, danza, talleres de creación artística, y apoyar el crecimiento de tantas bandas locales que, destrozadas por la piratería, apagan su buena música y desaparecen. Con los impuestos podría cambiar la vida de nuestra nación, sin duda, pero no se recaban los suficientes. Por eso, los puestos de trabajo desaparecen, o en todo caso, son oportunidades para la explotación de nuestros compatriotas. Por eso, también, sólo unos pocos trabajadores con buen sueldo, se reparten impuestos de cuarta y quinta categoría, exorbitantes, para poder generar ingresos al estado. Por eso, todos pagamos un ITF.

Es noche, mi hermano me pidió que lo acompañara a comprar sus zapatillas, fuimos con mi concuño, hasta un lugar cercano al mercado de Ciudad de Dios, en San Juan de Miraflores. Los contrabandistas y delincuentes habían tomado una avenida por asalto, invadiéndola, formado un tugurio repleto de mercadería de dudosa procedencia. La galería Las Malvinas, en comparación a ese antro, lucía como un negocio respetable. Rostros zanjados por cortes en alguna pelea, vestimentas holgadas, gorritas, y un vocabulario ignorante y soez, asentado por el deterioro que produce la pasta básica y el terokal, era el biotipo de todos los vendedores. Los autos y combis pasaban por la avenida, con el riesgo de atropellarnos, pero nos habíamos convertido en parte de esa ignominia: Tres hombres, con estudios universitarios y una vida de clase media, pululaban por esos recovecos deshonestos, buscando "ahorrar" unos soles.

Finalmente, mi hermano, contradiciendo su necesidad de ahorrar, compro dos pares de zapatillas –originales, de contrabando- por doscientos treinta soles, cuarenta soles menos de lo que yo pagué por las mías. El delincuente que lo atendió se las "quemó" barato, e incluso le dejó su numero de celular para "pedidos" y futuros negocios. Feliz, mi hermano se amarró a su compra para poder sortear las peligrosas calles de san Juan de Miraflores. La hiciste linda, Marco, le dijo mi concuño, y mi hermano sonrió orgulloso. No te hubieras alocado, me dijo, entonces. Te hubieras esperado y hubieras comprado más barato, porque es bueno ahorrar.

Ante los incesantes comentarios de mi hermano y mi concuño, sobre mi "torpeza", opte por decir simplemente que, no sé, yo soy así. Y fue entonces que escuché de ambos, las palabras de siempre, las que me hacen mirar a mi país con pena y repugnancia: "Pero todos compran así, hermano".

Sí, le dije, mirando esa urbe pobre y roída, con gente maloliente y repugnante, con negocios torcidos y delincuencia, llena de basura y carteles de grupos chicha pegados en las paredes, una urbe como el 90% de nuestras urbes, tan pobre y miserable como otros pueblos pobres y miserables que se pierden en la serranía, sin ver un sol, sin oportunidades. Sí, todos hacen lo mismo que tú. Por eso nuestro país esta así.

Ayer, fui con mi hermano y mi prima al gimnasio. Mi hermano estrenó un nuevo par de zapatillas, no sé si de la misma procedencia. Tiene ya cuatro pares, y, deleitado por su inteligencia, no pudo evitar decirle a mi prima "pregúntale a La Pluma cuánto le costaron sus zapatillas", mientras sonreía con malicia. Yo hice un gesto de resignación, mientras mi moral, por dentro, descendía a niveles famélicos porque, pensé, siempre quise buscar un lugar en mi blog para hablar sobre mi hermano, sobre sus virtudes y su gran carisma, sobre su condición de líder y su habilidad para los negocios, pero tuve, en cambio, que empezar su historia con esta anécdota triste y decepcionante. Y es así como veo a mis congéneres, con tristeza y decepción. Jefes, gerentes, consultores, enfrascados en sus diplomados y maestrías, ya no me importan, los miro a todos por debajo de mi hombro, como criaturas ignorantes, pues, teniendo los medios para hacer de éste, un país creciente, optan –con la estúpida excusa del ahorro- por delinquir, por querer tenerlo todo sin pagar lo justo, o sin pagar, por ser parte de esa maraña putrefacta de sanguijuelas que desangran al Perú y acaban con las oportunidades de tantos, y con la cultura de muchos, e impiden, con su aviesa contribución, con la compra de dos pares de zapatillas contrabandeadas, o de libros y discos piratas, a que nuestra urbe se joda y así, con su rostro henchido de orgullo por su sabia compra y una sonrisita ingenua, se burlan de los que buscan hacer lo correcto, mientras, en esa incomprensible pugna de valores, egoísmo y escasa moral, mi nación se va directamente a la mierda.

Gran consternación ha causado el derrumbe de una pared en La Victoria. Ocho obreros quedaron sepultados bajo los bloques de cemento. Fotos: Miguel Bustamante.

Terra:
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