Fernando y yo todavía éramos grandes amigos el día que Isabel nos dijo para almorzar. Trabajábamos como asistentes del área de personal en un banco en el centro comercial de San Isidro, y veíamos con gran ilusión la posibilidad –debido a los buenos resultados profesionales obtenidos a tan corta edad- de hacer una interesante carrera en el mundo de la Gestión Humana. Fernando trabajaba en planillas y yo en administración de personal: acciones diferentes que convergían en un solo punto. Teníamos apenas veinte años, dos de haber ingresado al banco, y nuestro sueldo se había triplicado. También nuestra responsabilidad.Desde que estudiamos juntos en la universidad, Fernando y yo divagábamos, esperanzados, sobre las muchas posibilidades que la carrera nos podía brindar. Asistíamos a clases, empeñosos y dedicados, siempre con el anhelo de llegar a ser como esos gerentes de ropas finas y autos lujosos que paseaban por la zona comercial, de tener gente a nuestro cargo y liderar, tomar decisiones estratégicas que nos posicionen como líderes dentro de una empresa y, finalmente, habiendo ganado la experiencia necesaria, asociarnos para formar un grupo de consultores, asesores especializados en las relaciones laborales. Íbamos por buen camino, y no podíamos fallar. Alegres y serviciales, aceptábamos cuanta labor nos era planteada, con la intención de obtener el conocimiento necesario y conseguir puntos, medallitas, galardones, elogios, aplausos y, ¿por qué no?, la posibilidad de ocupar una de esas oficinitas que algunos jefes, amigos nuestros, habían llegado a ocupar siendo tan jóvenes como nosotros. Veinte años, tan sólo, y ya teníamos trazada, por completo, la línea que marcaba el sendero a un próspero futuro.
Era verano, y el día que Fernando conversó con Isabel, recuerdo que, tras las ventanas opacas de la oficina de planillas se filtraba una tierna luminiscencia. Miraflores fue nuestro punto de encuentro acordado. Comeríamos algo rápido, como para permitirnos conversar un poco sobre nuestras vidas. Isabel estudiaba con nosotros en la universidad, pero las horas de clase y las tareas no nos dejaban tiempo para platicar. Ahora que lo pienso, fue complicado llevar el ritmo de trabajar de nueve a seis, estudiar de seis a once… Aprovechar una hora de almuerzo para juntarnos con una amiga de toda la vida como Isabel sí que valía la pena.
El taxi nos dejó en el parque Kennedy. Los árboles frondosos nos protegían de ese sol implacable. Había movimiento, un movimiento diferente al de San Isidro, más pausado, menos complejo. En San Isidro la gente se mueve con prisa, todos quieren llegar a algún sitio, quieren llegar a cobrar, a trabajar, a dejar alguna carta, quieren ganarle tiempo al tiempo, como si la vida en sí resultara insuficiente. Miraflores, en cambio, tenía cierta quietud, un aire familiar, descansado. Sí, algunos corrían, pero otros se tomaban el tiempo para usar alguna de las bancas del parque, para mirar los cuadros de los pintores ambulantes o para sentarse en un café y sostener una buena plática.
Ahí estaba Isabel.
Era bella (debe de serlo aún), y nos sonreía con esa gracia que nunca dejaba de entusiasmarnos. Había subido unos kilos, decía, aunque siempre la mirábamos con ojos cómplices y descubríamos que estaba mucho mejor que antes. De su personalidad y genialidad ni hablar: era una muchachita pilla, siempre alegre, siempre jovial y ocurrente. Fuimos a comer hamburguesas a un local de comida rápida. En la mesa, Isabel nos preguntó sobre nuestra vida laboral –la única vida que teníamos- y nuestros planes a futuro. Con mucho entusiasmo y sin querer parecer serios, Fernando y yo hablamos, mientras ella nos miraba con ojos expectantes. Cuando terminamos de contarle sobre nuestras aspiraciones, Isabel sonrió. Se alegraba por nosotros, pero no comentó nada al respecto. Entonces le preguntamos por su vida.
Ella no se decidía aún si optar por trabajar en la carrera o continuar con sus labores en una conocida compañía de seguros. Me gusta, nos dijo, pero no es lo que estudié, y me siento algo extraña de estar trabajando así. Le dijimos que aún estaba a tiempo, que siempre existía la posibilidad de encontrar una oportunidad para trabajar en la carrera. Nos prometió que lo pensaría. Si bien la amistad amortiguaba nuestro pensamiento, Fernando y yo no dejamos de considerar a Isabel como una persona sin rumbo, pues dentro de nuestra inflexible mentalidad, estudiar una cosa y trabajar en otra era una contradicción terrible, un error craso, y el éxito, decíamos entonces, yacía en la gestión de recursos humanos, y en ningún otro lugar.
Terminado nuestro almuerzo, Isabel nos pidió que la acompañáramos a su trabajo. Ya habíamos superado la hora de almuerzo, así que llegar más tarde a la oficina daba lo mismo. Caminando por las calles miraflorinas, Fernando y yo, con nuestras corbatas agitadas por un vientecillo entrometido, fumábamos un cigarrillo, mientras reíamos con Isabel. Fue entonces que llegamos hasta una esquina y nos despedimos. En ese momento, Isabel nos regaló un beso en la mejilla a ambos y acarició la corbata de Fernando.
-A ti te veo sentado en una gran oficina –le dijo-, como todo un gerente. Ya tienes el camino hecho.
Fernando sonrió y agradeció. Isabel pellizcó entonces una de mis mejillas.
-Y aquí, al hombre, ¿cómo lo ves? –preguntó mi gran amigo, con la seguridad de escuchar un comentario similar. Isabel se quedó pensativa por un momento y sonrió.
-¿A Humberto? No, no. A Humberto no lo veo así, no sé porque tengo la impresión de que te encontraré algún día en alguna playa, con tus libros y tu guitarra.
Fernando y yo nos miramos desconcertados. Me costó sonreír. ¿Es que acaso no me veía interesado en mi carrera? Quedé inmensamente preocupado y, ya de vuelta en la oficina, las palabras de Isabel retumbaban en mi cabeza. Fernando notó mi desconcierto y, como buen tipo que era, no dudó en restarle importancia a las palabras de nuestra amiga. Tu guitarra y tus libros no tienen nada que ver con tu carrera, me dijo.
Ocho años han pasado desde entonces y, en ese tiempo, mientras más me sumergía en la realidad doliente del país, mientras más profundizaba en mi carrera, mientras mi sentido de la justicia se iba puliendo en palabras de Ciro Alegría, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Manuel Scorza, José María Arguedas; las palabras de Isabel, casi como una predicción, fueron tomando forma. En esas oficinas donde estaban los gerentes que tanto admiraba, encontré a gente que le pedía a sus trabajadores que no marquen su tarjeta de asistencia los sábados y domingos, para no pagarles sus horas extras, encontré a gente que no gastaba un sol en la seguridad de sus obreros y que, cuando estos se lesionaban de manera permanente, los despedía sin compasión alguna, echándoles un sencillo de su billetera; encontré gente que condicionaba el trabajo de su personal con contratos renovados mes a mes, que usaba la ley para su conveniencia, que rompía las manos de inspectores ministeriales y evadía el pago de impuestos contratando al personal por recibo de honorarios. Encontré que, detrás del saco y corbata, detrás de ese orgullo narciso de sentirse intelectual por tener un título bajo el brazo, no hay nada más que un simple bribón, un jaque, un ladronzuelo despiadado que, con tal de llenar sus bolsillos de dinero y quedar bien ante los ojos de accionistas y empresarios, no duda en lastimar al prójimo, explotarlo y tratarlo como un lacayo miserable y servil que agachará la cabeza por la necesidad, por llevar un pan a su casa. En el camino a mi futuro, encontré que, en esas oficinas donde las ropas finas y los autos lujosos esperaban por mí, no estaba aquello que me haría feliz. Insatisfecho por el sendero equivocado en el que me he encontrado, ahora ya despierto y libre de esa venda mezquina que me adormeció durante tanto tiempo, me maldigo día a día por la elección tan torpe y distante de lo que ahora, ya recuperado de la modorra de esa falsa intelectualidad, quiero ser. Sumergido como estoy en esta profesión miserable que sólo se usa para lacerar la moral de otros, para aprovecharse de la necesidad ajena, para, en estos tiempos modernos, explotar a mis semejantes, entre engaños y malas artes, me pregunto si tendré la oportunidad de redimirme, y alejarme de una vez por todas de esas oficinas, zonas comerciales, sacos y corbatas. Entonces miro mi guitarra, mis libros, tecleo artículos de mala calidad en mi computadora y pienso si, cuando cumpla setenta años, me sentiré feliz de haber trabajado toda mi vida, de lunes a sábado, de ocho de la mañana a ocho de la noche, sin tregua, sin haber hecho nada más importante, y sé que la respuesta rotunda, como un grito despiadado, una cachetada, un golpe cruzado será "No".
Así, hoy, mientras leía "El Pintor de batallas" e investigaba sobre la guerra entre serbios y croatas allá por 1993, recordé sin querer la amistad –ahora finiquitada- que tenía con Fernando y las palabras de mi vieja amiga, de quien nunca tuve más noticias y aquí, en mi playa, con ese buen libro en mi regazo y las teclas de mi computadora sonando, no puedo dejar sorprenderme ante el certero comentario que recibí en esa calle miraflorina. Ocho años después de todo eso, sólo me queda por decir: tenías razón, Isabel.


