sábado, julio 06, 2013
Carta a mi padre
Hiciste todo por brindarme un futuro brillante. Te esmeraste en forjar a un arquitecto, que terminó acobardándose y probó suerte en derecho, y desembocó, sin querer queriendo, en la profesión que por mucho tiempo tu desempeñaste.
Todavía estaba en séptimo ciclo cuando me di cuenta que no era ese el camino que quería seguir.
Mientras tanto, en casa, todo empezaba a zozobrar. La bonanza se hizo pretérita, el dinero empezó a escasear y mi madre inició el duro camino hacia la muerte.
Pero tú nunca perdiste la sonrisa ni la esperanza.
Hice lo que pude, Dios sabe que hice lo que pude por honrarte. Conseguí un buen empleo gracias a un ex amigo, pero no había cumplido ni un año trabajando y la profesión que por semestres había cultivado con tanta ilusión me decepcionó por completo. Me di cuenta que no tenía vísceras para ese mundo de elegancia y egoísmo, de indiferencia, de supervivencia, para esa selva de modales finos y crueles señores feudales en la que tú habías sobrevivido.
Me despidieron de mi primer empleo por no poder controlarme. Dije demasiado. Hablé más de la cuenta. Ese era mi mal.
Abatido, intenté volcar mi mente a un momento de felicidad, y recordé los viejos libros de tu biblioteca, los cuentos de terror que escribía con mi amigo Chumpi en colegio, los premios en los concursos de composición, las historias que me leías de noche, mi primer diccionario Karten, los libros que, vestido con saco y corbata, leía en los buses camino a esa desdicha a la que le llamaba trabajo.
El camino recorrido era ya largo, y mi madre se estaba muriendo. Y aunque tu sonrisa no se borraba, las cosas empezaban a complicarse cada vez más. Tan duro todo, tan difícil, tan cruel.
Pero recordaba tus esfuerzos cuando joven, por asentarte en una ciudad que no era la tuya, lejos de tu familia, aprendiendo todo de nuevo.
Me daba vergüenza portarme como un cobarde.
Los años pasaron y los siguientes empleos no ayudaron en nada a reconciliarme con mi profesión. A veces simplemente pateé el tablero, actué con mediocridad, hice las cosas sin gusto. Aún así las cosas marcharon tranquilas, mientras mi espíritu agonizaba. Todos se sentían orgullosos de mi, menos yo. Ver tanta injusticia y callar, ver tanta maldad y callar.
Y las palabras; las palabras se acumulaban en mi mente, no se detenían nunca. A veces incluso me era difícil dejar de hablar. Siempre me dicen que hablo mucho, me enredo, no me explico. Es porque hay demasiadas palabras bullendo en mi cabeza.
Entonces mi madre perdió la batalla y se marchó para siempre. Y tú besaste sus labios fríos, acariciaste su rostro pálido y lloraste sobre su tumba como un buen hombre lo haría, tras diez largos años de penas, en las que siempre estuviste a su lado. Sacrificaste tu vida entera por el amor y la lealtad hacia una mujer maravillosa.
Y me daba vergüenza portarme como un cobarde.
Pero, sabes, no quería que los años siguieran pasando, insípidos y tristes, sobre mi vida. No quería hacer más un trabajo monótono, no quería confinar a mi mente a 10 horas metido en una oficina. Las palabras se acumulaban, y empezaban a dañarme.
Ya sabes qué fue lo que hice. Y de cobarde no tuvo nada. Nunca he padecido tanto como en estos últimos dos años y medio de mi vida.
Y aún así estuviste a mi lado para levantar mi cerviz y mi ánimo.
Caminé sin brújula, como tú cuando llegaste a esta ciudad. Pero valió la pena cada minuto luchando contra la incertidumbre.
Ahora vivo en paz, aunque sé que el camino es largo, me falta mucho por aprender y he perdido muchos años buscando este rumbo. Me juré ser el hijo que un padre como tú merece, y no un infeliz fantasma cumpliendo con los moldes que le impuso la vida y la sociedad.
Gracias por enseñarme que la ambición es un pecado, que la perseverancia es una lámpara en el sendero más oscuro, que hay cosas más importantes en la vida que el dinero. Gracias por regalarme el mejor libro de mi biblioteca: tu vida.
Ahora duermo tranquilo, incluso sueño. Y es un sueño grande y maravilloso, lleno de fuego.
Y es gracias a ti.
Feliz día.
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1 comentario:
Como comenté en un anterior artículo, vuelvo a utilizar mi frase: Me encanta esa habilidad para entrelazar las palabras y expresar los sentimientos de una manera aparentemente simple, pero llena de expresividad. Ese lenguaje que parece tan cotidiano y sencillo y que, sin embargo, expresa tanto, que uno se sumerge en el tema como un personaje más.
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