miércoles, diciembre 15, 2010

Giovanna (Fragmento)


1

Luego de hacer el amor, quedamos tendidos sobre la cama. Esperé unos minutos y fui al baño a orinar. La encontré echada boca abajo, acodada. Se había puesto sus lentes y leía un libro de poemas de María Emilia Cornejo que había sacado de su cartera. Me recosté a su lado y contemplé la curva que se dibujaba entre sus hombros y el final de su espalda. Pasé mi dedo siguiendo la línea de su columna y sentí su piel. Ella sonrió, sin quitar la vista del libro.

-¿Qué será de nosotros, Ricardo? –me preguntó. Mantenía su sonrisa.

-Detesto pensar en el futuro. Si lo hubiera hecho, no estaría ahora aquí contigo.

Me pasó el libro. Golpeó la hoja con uno de sus dedos. Leí el poema:

“Mis huesos,
Junto a mis años
De miles de horas
Se acomodan cada día
En el hueco de tu cuerpo”

-Cuando tengas mi edad quizá pienses en ello –dijo.

-Por favor, Giovanna. No lo eches a perder. Suenas como mi madre.

-Podría serlo, ¿no?

Me fui a la ducha. Estaba molesto. La relación se estaba saliendo de contexto. El agua caliente comenzó a serenarme. Dejé que el chorro de agua corriera y cerré mis ojos. Giovanna exageraba; Aunque quizá sí, podía ser mi madre. Era quince años mayor que yo. Era difícil lidiar con eso. Ya lo habíamos intentado hasta el cansancio. Era una responsabilidad que pesaba demasiado.

Nos habíamos conocido seis meses atrás. Nuestro encuentro se dio como se dan las mejores cosas en la vida: sin esperarlas. Yo trabajaba en Chorrillos, en una empresa prestigiosa pero de toque muy informal. Me habían pedido que busque una persona para que se encargue de ordenar el archivo. No era gran cosa. Me encargué de asegurar un sueldo respetable y pasarle la voz a mis compañeros para que me envíen recomendados. El primer día tuve sesenta visitas. Parece que todos en la empresa se habían pasado la voz.

Los candidatos dejaban mucho que desear. Me sorprendía que hubieran terminado siquiera la secundaria. Pero hubo una gran excepción. Esa fue Giovanna. Era de noche, muchos de mis compañeros ya se habían retirado. Había gastado todo mi día en entrevistas infructuosas. Estaba cansado. Ella era la última persona en la larga fila.

Entró a la oficina. Su cabello era negro, corto. Vestía un conjunto plomo, casual, que si bien le holgaba, permitía comprobar que llevaba una vida cuidadosa. Su rostro, en conjunto, era armonioso: ojos amables, nariz recta y labios delgados. Su voz era ligeramente grave, pero cordial. Me tendió la mano. Se la estreché. Estaba fría. Quizá por eso me atreví a ofrecerle un café. Le pedí que se sentara y que me diera su currículum.

Revisé sus papeles.

-A ver señora Giovanna…

-Dime Giovanna nomás –me interrumpió.

Le expliqué que el puesto era temporal y que el trabajo era sencillo. Me dijo que no tenía ningún problema, que necesitaba trabajar. Continué revisando sus documentos.

-Literatura en San Marcos –exclamé.

A pesar de mi vida de oficinista siempre tuve una predilección por los libros. Alguna vez en mi vida había pensado en escribir, pero no tenía el talento suficiente. Me había resignado a pasar el resto de mi vida ceñido a un horario y a rendir cuentas ante un gerente. Las palabras de Giovanna hicieron que mi resignación luciera sensata.

-Lo necesario para morirse de hambre. Sólo estuve dos años.

Asentí. Había algo en su mirada, en su sonrisa, que me invitaban a confiar en ella. Yo era un tipo complicado. Me costaba mucho lograr cierta afinidad con la gente. Sentirme a gusto con ella me preció un milagro imposible de desaprovechar. Conversamos un poco más, pero a mi juicio, ya estaba contratada.

-Bueno. Creo que reúnes las condiciones necesarias para encargarte de nuestro archivo –le dije-. Espero que colme tus expectativas.

-Trabajo es trabajo –respondió-. Me vendría bien el dinero.

Desvié mi mirada. La desvié hacia sus piernas. Luego me fijé en sus labios. Una sensación pecaminosa me invadió. Sacudí mi cabeza.

-¿Está todo bien? –preguntó.

Asentí, le pedí sus datos personales: Casada, con hijos… Al preguntarle por su edad, quedé impresionado.

-Tengo cuarenta y dos.

No los aparentaba en absoluto.

Hasta el día anterior había estado contemplando con mucha animosidad las piernas de la secretaria de contabilidad, una muchachita atolondrada y amiguera que alardeaba sobre sus fines de semana en la playa. Ahora me sorprendía de estar encantado con la mujer que tenía al frente. Sus modales, su palabra, todo en ella fluía con gracia y causaba un efecto hipnótico en mí. Le pregunté si tenía tiempo para ver el archivo. Me dijo que sí.

El archivo estaba al frente de mi oficina. Prendí la luz y le mostré los documentos desordenados. Le expliqué brevemente lo que tenía que hacer. Me pidió permiso para avanzar un poco en ese momento.

Estuvimos en la oficina poco más de una hora. Ella pasaba con algunos documentos apilados y miraba hacia mi oficina. En varias ocasiones me tope con su mirada. Solo atinábamos a sonreír. Cruzamos algunas palabras, casi todo relacionado al trabajo: donde almorzar, cuántos éramos en el área, si la paga era puntual. Ante todas sus preguntas trataba de responderle con mucho esmero. Me agradaba escucharla.

Antes de irse, me dejó un papel con algunas sugerencias para ordenar el archivo. Le agradecí. Nos pusimos de pie, nos dimos la mano. Le pedí que me buscara al día siguiente a partir de las ocho. Abrí la puerta y le di la bienvenida a la empresa. Sentí que exageraba. Un puesto temporal no necesitaba toda esa parafernalia. Giovanna volvió a despedirse; esta vez con un beso en la mejilla. Pude disfrutar de un olor fresco. Se me cruzó la loca idea de besarla en el cuello, pero me contuve ante tamaño disparate.

La acompañé hasta la salida. Ella caminaba con recato, con pasos de bailarina. Antes de subir al ascensor levantó su mano y movió sus dedos con un gesto grácil para despedirse. Le devolví el gesto, no sin sentirme algo idiota.

Regresé a mi oficina sólo para coger mi saco y apagar la computadora. Sentí la estela de su perfume en el ambiente, recordé todos los detalles, pensé en ella. Tuve una erección.

Bajé al estacionamiento. El tipo de limpieza había lavado mi carro. Prendí la radio. No podía sacármela de la cabeza. Me puse a escuchar a Pearl Jam.

Al salir del estacionamiento tomé una calle larga, para llegar a la avenida Huaylas. La luz era tenue. Yo sabía que era una zona peligrosa. Vi que Giovanna caminaba con la cabeza gacha. Parecía contar sus pasos. Con una mano apretaba su chompa. Frené y abrí la ventana del copiloto. Le pregunté a dónde iba. Me dijo que no me molestara, que ella podía tomar un taxi. Insistí.

-Vivo en Los Cedros –me advirtió.

Me desviaba demasiado. Pero no me importó. La idea de disfrutar de su carisma y tenerla sentada a mi lado me bastaba.

-No hay problema –le dije-. Te jalo.

Subió. Le pedí que ajustara su cinturón. Llegamos a la avenida Huaylas.

Dentro del automóvil todo permanecía en silencio. Yo no sabía qué decir. Nunca había tenido las palabras precisas para hablar con las mujeres que me resultaban atractivas, al menos nada que pudiera sonar como una conversación interesante. No quería hablarle del trabajo, me resultaba estúpido contarle mi día como lo haría un marido con su esposa. Ella permanecía callada. Miraba por la ventana las luces de las invasiones en el morro solar. Llegamos a la avenida Matellini, donde nos detuvo un semáforo en rojo. Un tipo empezó a hacer piruetas frente a nosotros. Me abstraje viéndolo. Se paraba de cabeza, daba saltos y giros sobre su sitio. La voz de Giovanna tardó en llegar a mí. No la escuché.

-¿Sí? Disculpa, ¿me decías algo? –le pregunté.

Giovanna señaló con su dedo la radio. El semáforo cambió. Aceleré sin dejarle una moneda al tipo de las piruetas.

-Te gusta el rock –me dijo.

-Sí –respondí-. En realidad me gusta todo tipo de música. Pero el rock va en primer lugar.

Los riffs de guitarra y la voz desgarrada de Eddie Vedder cobraban intensidad. Giovanna levantó las cejas con una sonrisa.

-Interesante tu música –dijo.

No sabía que contestar.

-Bueno, yo prefiero la música de los ochenta, el rock, el new wave –añadió.

Apreté un par de botones en la radio. Empezó a sonar Depeche Mode.

Sonrió. Tuve que fijar mi mirada en la calle. Me molestó no poder verla reír por completo.

-Ojalá un día de estos me permitas invitarte un café –le dije, y de inmediato me sentí totalmente estúpido. Giovanna se quedó en silencio. Su rostro perdió la expresión amable. Sus ojos se movían de un lado a otro. Volví a concentrarme en el asfalto. Nos detuvo otro semáforo. El silencio pareció eterno. Sentí que mis orejas se calentaban. Me sucedía siempre como una manifestación física de mi vergüenza. Mis ojos se irritaron. Imaginé que me diría mi vida entera. Que se bajaría del carro y que al día siguiente no iría a trabajar. Pero nada de eso sucedió. Giovanna volvió a mirarme:

-¿Un café en la oficina? – me preguntó.

Recordé a mi padre: si ya te lanzaste al vacío, de nada te sirve frenar:

-En realidad pensé que podríamos ir a tomarlo a otra parte –contesté. Giovanna meditó por un momento.

-No me vendría mal un café ahora –dijo-. Si tienes tiempo, claro.

Fuimos al Café-Café de Plaza Lima Sur. La gente caminaba por el gran corredor, entrando y saliendo de las tiendas con paso presuroso. Nos sentamos. De fondo, Turn me on de Norah Jones, como poniéndole pausa a nuestras palpitaciones. La noche fue levantando el telón oscuro que cubría nuestras vidas. Me acostumbré a las arrugas en su rostro, a sus manos delgadas, su voz de océano en calma. Dejamos de ser dos desconocidos.

Cerré la llave de la ducha. Corrí la puerta y busqué la toalla. Encontré a Giovanna parada frente a mí. Su desnudez era un otoño sereno, un valle erosionado con gentileza por el paso del tiempo. Entró a la ducha. Me pidió que la bañara. Nos besamos. Mientras abordaba mis labios, empezó a pedirme perdón. Resté importancia a su comentario. Reímos, y proseguimos con la lluvia de besos mojados. Mis dedos recorrían los surcos de su piel, se enredaban en su cabello. Volvimos a juntarnos, a jadear y acompasar nuestras caricias. El agua se llevó sus gemidos, mis embates. Volví a penetrarla.

Luego de un breve silencio. Durante el cual ella seguía besando mis manos, sentí pavor. Era tarde, habíamos tardado más de lo usual.

-Es mejor que te marches –le dije, mientras recuperaba el aliento-. Tu esposo estará preocupado.

Se quedó en silencio por un momento. Luego me apartó con su brazo. Se puso una toalla y salió del baño.

Me arrepentí de mis palabras.

sábado, diciembre 11, 2010

El Piso 11


El corredor que separa el ingreso al hospital de los pabellones se hizo más largo esta vez. Al llegar a los ascensores, un vigilante y una enfermera me pidieron un pase especial. Recordé que las visitas regulares se hacían en la tarde. –Voy al piso 11 a ver mi madre -dije. La enfermera revisó unos papeles sujetos a una tablilla de madera. Entonces le hizo un gesto afirmativo al guardia al tiempo que cerraba brevemente sus ojos. Subí al ascensor.

Aquel miércoles salí a trabajar con apuro y sueño. A pesar de la jornada maratónica del día anterior, tenía temas pendientes que debía resolver y que ya no podían posponerse. No pude dejar de reparar en la habitación vacía de mis padres. Habían pasado tres días y mi madre seguía en el hospital. En las pocas veces que hablé con mi padre –fue él quien me llamó todas las pocas veces- no hubo novedad alguna. –Ella está bien -me decía-. Tu tranquilo nomás.

No tenía mucho tiempo para pensar en estar tranquilo o no. El teléfono de mi oficina nunca dejaba de sonar.


Una semana antes de eso, mi madre se había caído. De no ser por mi padre, el golpe habría sido terrible. Una larga enfermedad la aquejaba y la había consumido hasta hacerle perder una pierna. Si bien la caída no le produjo ninguna contusión, algo se quebró desde ese momento. Mi madre se recluyó en el mutismo y la angustia, en llantos desconsolados e imprevistos. Su malestar me provocaba malestar. En mi cabeza, su llanto se mezclaba con mis problemas en el trabajo y la promesa de un puesto como supervisor. Me costaba entender esa mezcla de preocupación e impaciencia. Me dolía verla así, pero a la vez me fastidiaba verla.

Al llegar el fin de esa semana quise olvidarme de mis preocupaciones, pero mi madre seguía llorosa y ausente. Pedía que la subiéramos a su habitación, luego que la bajáramos. Lo hacíamos usando una silla, debido a su invalidez. Aún no entiendo por qué dije lo que dije. Le dije que ese estado era una clara señal de que estaba a punto de morir. –Déjame tranquila, Luis –fue su respuesta-. Fue la última vez que me dirigió la palabra.


Siempre me ha molestado el vértigo que producen los ascensores del hospital. Me sorprendió notar que de momento, no sentía nada. Mis ojos estaban fijos en los números del ascensor. Piso 11, piso 11, piso 11, habitación 52. La campanita del ascensor sonó una vez más y las puertas se abrieron. Piso 11. El sol se filtraba por los grandes ventanales del hall. Miré los números de algunos cuartos para orientarme. Una enfermera me dijo que tomara el corredor de la izquierda. Mi garganta estaba seca. Me dolía. Mis manos sudaban de forma incontrolable. Inicié mi marcha con un falso paso apurado. No quería llegar a la habitación. Soy sincero: no quería.

Aquel miércoles llegué al trabajo y apenas si tuve tiempo de sentarme. Una lluvia de reportes e informes me volcaron de lleno a la jornada de día completo en el que lidiaba con mi jefe, con mis colegas y mis clientes. Todo era para ayer, todo era ASAP –como me jodía esa palabra- y todos los correos, firmados con saludos cordiales, exigían una respuesta de mi parte en términos nada cercanos a la cordialidad. Sonó mi celular. Era mi padre.

-Oye papito -me dijo el viejo-. Tu madre ha entrado en coma. Y el médico dice que no se va a recuperar. Hay que esperar nomás, ya si pasa algo yo te vuelvo a llamar. Colgó.

Sentí un sabor salobre en mi boca, y un vértigo que me hizo recordar al ascensor del hospital donde solía atenderse mi madre. Pensé en las palabras de mi padre, su serenidad no iba acorde con la noticia dada. Pensé en muchas otras cosas mientras articulaba algunas palabras delante de mi jefe, que sonaban a un permiso justificado. –Deja tus pendientes a fulanito de tal y ten tu celular prendido –me dijo. Mi celular interrumpió. Soy sincero: no quería contestar.


Me dijo que la dejara tranquila y eso intenté. Yo quería verla reponerse, luchar, sacar ese coraje que en sus buenos años la caracterizó, pero sólo atinó a guardar silencio y sollozar. El fin de semana se fue volando; recuerdo incluso que me fui a al bar con mis amigos. Al día siguiente, mientras yo asimilaba mi resaca, mi padre le rogó a mi madre que la acompañara a dar un paseo. Esa noche, a diferencia de otras noches, fue mi padre quien tuvo que contar los detalles. Mi madre estaba en la mesa, con la cabeza hundida entre sus brazos y la voz ausente. –Súbanla mejor a su cuarto –solicitó mi viejo-. Todos nos fuimos a descansar.

Me costó dormir. Me gasté la noche conversando en el chat y viendo televisión. Por eso me molesté cuando mi hermano me despertó ese lunes a las cuatro de la mañana: –Mi mamá está mal, Luis. Vamos a llevarla al hospital.

Mi madre estaba ida. Apenas si pudo pasar de la cama a la silla. La cargamos y bajamos las escaleras con la pericia que los años nos habían dejado. Pero su silencio aumentaba mi cólera y el sueño me mataba. A llegar al primer piso, mientras mi hermano tomaba la silla de ruedas, busqué los ojos de mi madre y disparé sin piedad:

-Así nunca llegaré a ser jefe.

La llevamos hasta la esquina de la calle y quise pedirle perdón, pero no lo hice. La vi subir al taxi y mirarme con ojos tristes, y quise pedirle perdón, pero no lo hice. Fui el único que se quedó en casa. Me fui a dormir. La semana me esperaba con muchos pendientes en el trabajo. No supe más de mi madre hasta tres días después, cuando mi celular interrumpió la conversación con mi jefe, y mi padre me dijo con voz abatida, pero firme, que el coma de mi madre había terminado. Que estaba en la habitación 52, piso 11.