
No digo que te extrañe,
Por ese fino vacío en el viejo mueble que amparaba nuestras tardes;
Ni por mirar la vida a través del cristal empañado de tu ausencia;
Ni por escuchar tu voz en tantos labios cubiertos con el brillo que nunca usabas.
No digo que me hagas falta,
Porque la mesa me quede grande y la comida restante termine en la basura;
Ni por las notas ausentes sobre la mesa con esa letra menguante de tu mano zurda;
Ni por el golpe de tu rodilla como un rito sagrado al iniciar la mañana.
No digo que me hagas falta,
Es sólo que los días de fiesta se han olvidado del color blanco de tu vestido;
Es tal vez que mi mejilla ya no sufre adormecida por el cúmulo incansable de tus besos;
Es tal vez que la calle es grande y aún no me acostumbro a ese trecho que antes ocupabas.
No digo que te extrañe,
Es sólo que estas viejas prendas que todavía uso no pueden librarse de tu aroma;
Es tal vez el ocio, que me impide limpiar el estante donde han quedado los buenos recuerdos;
Es tal vez mi paladar, que no está acostumbrado al sabor de los nuevos tiempos.
Es quizá que empujo la vida,
Hacia un horizonte maravilloso,
Y siento pena,
De que llegue el día
En que desaparezcas por completo
Y dejes de ser
Ese momento único y perfecto
Por el cual escribo.

