![]() |
| "Rayuela", de Julio Cortázar. |
Yo apenas pasaba los veinte años,
y ella era mayor que yo casi por seis. Leer, hasta entonces, no era más que un
pasatiempo solitario; un acto que me desconectaba del mundo. Sin embargo, la
segunda vez que nos encontramos en un café en Miraflores, ella me confesó su
admiración por Gabriel García Márquez, y las numerosas ocasiones en que había
leído sus libros. No puedo olvidar la sensación redentora que sentí al
escucharla. Claro, yo también lo había leído, y lo admiraba tanto como ella.
Fue así como empezamos.
Recuerdo que el primer libro que
me regaló fue “El amor en los tiempos del cólera”. Con una torpe sutileza
insinué –o traté de recordarle- que ya lo había leído. Ella se sentó a mi lado.
“Este es para que lo leamos juntos”, me dijo.
Cada que podía me daba un libro
como regalo. Echaba un poco de su perfume sobre sus páginas antes de envolverlo.
No había sensación más intensa que abrirlo y sentir que algo de ella reposaba
sobre esas páginas, que en cada frase notable se colaba un poco de su aroma. Solía también remarcar alguna frase, o construía una idea a través de diferentes párrafos
resaltados. Leer un libro no sólo me brindaba una historia, sino que me
permitía escucharla, me permitía saber qué era lo que sentía por mí.
Así, hicimos de la lectura un
momento íntimo e inquebrantable: sentados a veces en el parque, llevando la mirada
sobre la misma página; echados sobre la alfombra de su casa, mientras el
atardecer se colaba por las enormes mamparas de su apartamento; en su sofá,
mientras descorchábamos una botella de vino, o tendidos en su cama, poco antes
de apagar las luces y encontrarnos.
Los libros nos conectaron de una
manera plena. Después de leer un capítulo intentábamos recrear el mundo
imaginario que había cruzado por nuestras mentes. Cada quien ponía un poco de
inventiva: cómo eran las casas, cómo eran las calles, de qué color era el
cielo, cómo era tal o cual personaje. Fue a través de los libros que pude
entender la forma en que ella veía la vida, la manera en la que pensaba sobre
la lealtad, la amistad, el amor. Fue a través de los libros que aprendimos a
prodigarnos caricias, a conversar sin hablarnos directamente, a descubrir que
teníamos mucho en común. Era maravilloso sentir esa lágrima corriendo por su
mejilla cuando una historia le quebraba el corazón, podía sentirla viva al lado
mío, mucho más plena que en cualquier otro momento, libre, sin necesidad de
fingir nada frente a nadie, alejados del resto, distanciados de esa rutina
protocolar de las amistades y las fiestas, de las cenas costosas y los regalos
caros que a fin de cuentas siempre se depreciaban. Fueron esas páginas las que
nos fundían y nos permitían disfrutar del silencio sabiendo que entre nosotros
cruzaban miles de palabras.
Ella tuvo que marcharse, muy
lejos. Hicimos lo que pudimos para escribirnos, hicimos llamadas y, por cierto
tiempo, pudimos compartir nuestras nuevas lecturas, los nuevos poemas, las
nuevas historias que empezaban a rondar por nuestras vidas. Era navidad cuando
recibí su último regalo, una colección de cuentos de Truman Capote. Al abrirlo,
encontré que su aroma era distinto y que las frases resaltadas aludían a la
inminencia de un adiós.
Han pasado muchos años desde
entonces, y no he sabido más de ella. No hemos querido buscarnos a pesar de que
ahora es tan fácil encontrarse, porque quizá, esa conexión que nos brindaron
los libros nos ha llevado a la misma conclusión: somos personas distintas
ahora, y no queremos que nuestra historia se pierda en esta realidad. Algunas
veces he buscado en mi biblioteca los libros que leímos juntos. El aroma de su
perfume fue desapareciendo con los años, pero cada palabra escrita, cada frase
resaltada, cada escenario, me permiten encontrarla, recordar su sonrisa, su
piel nacarada, sus ojos claros.
Sé que ella, donde quiera que esté, a veces hace lo mismo.
Sé que ella, donde quiera que esté, a veces hace lo mismo.
***
