miércoles, diciembre 15, 2010

Giovanna (Fragmento)


1

Luego de hacer el amor, quedamos tendidos sobre la cama. Esperé unos minutos y fui al baño a orinar. La encontré echada boca abajo, acodada. Se había puesto sus lentes y leía un libro de poemas de María Emilia Cornejo que había sacado de su cartera. Me recosté a su lado y contemplé la curva que se dibujaba entre sus hombros y el final de su espalda. Pasé mi dedo siguiendo la línea de su columna y sentí su piel. Ella sonrió, sin quitar la vista del libro.

-¿Qué será de nosotros, Ricardo? –me preguntó. Mantenía su sonrisa.

-Detesto pensar en el futuro. Si lo hubiera hecho, no estaría ahora aquí contigo.

Me pasó el libro. Golpeó la hoja con uno de sus dedos. Leí el poema:

“Mis huesos,
Junto a mis años
De miles de horas
Se acomodan cada día
En el hueco de tu cuerpo”

-Cuando tengas mi edad quizá pienses en ello –dijo.

-Por favor, Giovanna. No lo eches a perder. Suenas como mi madre.

-Podría serlo, ¿no?

Me fui a la ducha. Estaba molesto. La relación se estaba saliendo de contexto. El agua caliente comenzó a serenarme. Dejé que el chorro de agua corriera y cerré mis ojos. Giovanna exageraba; Aunque quizá sí, podía ser mi madre. Era quince años mayor que yo. Era difícil lidiar con eso. Ya lo habíamos intentado hasta el cansancio. Era una responsabilidad que pesaba demasiado.

Nos habíamos conocido seis meses atrás. Nuestro encuentro se dio como se dan las mejores cosas en la vida: sin esperarlas. Yo trabajaba en Chorrillos, en una empresa prestigiosa pero de toque muy informal. Me habían pedido que busque una persona para que se encargue de ordenar el archivo. No era gran cosa. Me encargué de asegurar un sueldo respetable y pasarle la voz a mis compañeros para que me envíen recomendados. El primer día tuve sesenta visitas. Parece que todos en la empresa se habían pasado la voz.

Los candidatos dejaban mucho que desear. Me sorprendía que hubieran terminado siquiera la secundaria. Pero hubo una gran excepción. Esa fue Giovanna. Era de noche, muchos de mis compañeros ya se habían retirado. Había gastado todo mi día en entrevistas infructuosas. Estaba cansado. Ella era la última persona en la larga fila.

Entró a la oficina. Su cabello era negro, corto. Vestía un conjunto plomo, casual, que si bien le holgaba, permitía comprobar que llevaba una vida cuidadosa. Su rostro, en conjunto, era armonioso: ojos amables, nariz recta y labios delgados. Su voz era ligeramente grave, pero cordial. Me tendió la mano. Se la estreché. Estaba fría. Quizá por eso me atreví a ofrecerle un café. Le pedí que se sentara y que me diera su currículum.

Revisé sus papeles.

-A ver señora Giovanna…

-Dime Giovanna nomás –me interrumpió.

Le expliqué que el puesto era temporal y que el trabajo era sencillo. Me dijo que no tenía ningún problema, que necesitaba trabajar. Continué revisando sus documentos.

-Literatura en San Marcos –exclamé.

A pesar de mi vida de oficinista siempre tuve una predilección por los libros. Alguna vez en mi vida había pensado en escribir, pero no tenía el talento suficiente. Me había resignado a pasar el resto de mi vida ceñido a un horario y a rendir cuentas ante un gerente. Las palabras de Giovanna hicieron que mi resignación luciera sensata.

-Lo necesario para morirse de hambre. Sólo estuve dos años.

Asentí. Había algo en su mirada, en su sonrisa, que me invitaban a confiar en ella. Yo era un tipo complicado. Me costaba mucho lograr cierta afinidad con la gente. Sentirme a gusto con ella me preció un milagro imposible de desaprovechar. Conversamos un poco más, pero a mi juicio, ya estaba contratada.

-Bueno. Creo que reúnes las condiciones necesarias para encargarte de nuestro archivo –le dije-. Espero que colme tus expectativas.

-Trabajo es trabajo –respondió-. Me vendría bien el dinero.

Desvié mi mirada. La desvié hacia sus piernas. Luego me fijé en sus labios. Una sensación pecaminosa me invadió. Sacudí mi cabeza.

-¿Está todo bien? –preguntó.

Asentí, le pedí sus datos personales: Casada, con hijos… Al preguntarle por su edad, quedé impresionado.

-Tengo cuarenta y dos.

No los aparentaba en absoluto.

Hasta el día anterior había estado contemplando con mucha animosidad las piernas de la secretaria de contabilidad, una muchachita atolondrada y amiguera que alardeaba sobre sus fines de semana en la playa. Ahora me sorprendía de estar encantado con la mujer que tenía al frente. Sus modales, su palabra, todo en ella fluía con gracia y causaba un efecto hipnótico en mí. Le pregunté si tenía tiempo para ver el archivo. Me dijo que sí.

El archivo estaba al frente de mi oficina. Prendí la luz y le mostré los documentos desordenados. Le expliqué brevemente lo que tenía que hacer. Me pidió permiso para avanzar un poco en ese momento.

Estuvimos en la oficina poco más de una hora. Ella pasaba con algunos documentos apilados y miraba hacia mi oficina. En varias ocasiones me tope con su mirada. Solo atinábamos a sonreír. Cruzamos algunas palabras, casi todo relacionado al trabajo: donde almorzar, cuántos éramos en el área, si la paga era puntual. Ante todas sus preguntas trataba de responderle con mucho esmero. Me agradaba escucharla.

Antes de irse, me dejó un papel con algunas sugerencias para ordenar el archivo. Le agradecí. Nos pusimos de pie, nos dimos la mano. Le pedí que me buscara al día siguiente a partir de las ocho. Abrí la puerta y le di la bienvenida a la empresa. Sentí que exageraba. Un puesto temporal no necesitaba toda esa parafernalia. Giovanna volvió a despedirse; esta vez con un beso en la mejilla. Pude disfrutar de un olor fresco. Se me cruzó la loca idea de besarla en el cuello, pero me contuve ante tamaño disparate.

La acompañé hasta la salida. Ella caminaba con recato, con pasos de bailarina. Antes de subir al ascensor levantó su mano y movió sus dedos con un gesto grácil para despedirse. Le devolví el gesto, no sin sentirme algo idiota.

Regresé a mi oficina sólo para coger mi saco y apagar la computadora. Sentí la estela de su perfume en el ambiente, recordé todos los detalles, pensé en ella. Tuve una erección.

Bajé al estacionamiento. El tipo de limpieza había lavado mi carro. Prendí la radio. No podía sacármela de la cabeza. Me puse a escuchar a Pearl Jam.

Al salir del estacionamiento tomé una calle larga, para llegar a la avenida Huaylas. La luz era tenue. Yo sabía que era una zona peligrosa. Vi que Giovanna caminaba con la cabeza gacha. Parecía contar sus pasos. Con una mano apretaba su chompa. Frené y abrí la ventana del copiloto. Le pregunté a dónde iba. Me dijo que no me molestara, que ella podía tomar un taxi. Insistí.

-Vivo en Los Cedros –me advirtió.

Me desviaba demasiado. Pero no me importó. La idea de disfrutar de su carisma y tenerla sentada a mi lado me bastaba.

-No hay problema –le dije-. Te jalo.

Subió. Le pedí que ajustara su cinturón. Llegamos a la avenida Huaylas.

Dentro del automóvil todo permanecía en silencio. Yo no sabía qué decir. Nunca había tenido las palabras precisas para hablar con las mujeres que me resultaban atractivas, al menos nada que pudiera sonar como una conversación interesante. No quería hablarle del trabajo, me resultaba estúpido contarle mi día como lo haría un marido con su esposa. Ella permanecía callada. Miraba por la ventana las luces de las invasiones en el morro solar. Llegamos a la avenida Matellini, donde nos detuvo un semáforo en rojo. Un tipo empezó a hacer piruetas frente a nosotros. Me abstraje viéndolo. Se paraba de cabeza, daba saltos y giros sobre su sitio. La voz de Giovanna tardó en llegar a mí. No la escuché.

-¿Sí? Disculpa, ¿me decías algo? –le pregunté.

Giovanna señaló con su dedo la radio. El semáforo cambió. Aceleré sin dejarle una moneda al tipo de las piruetas.

-Te gusta el rock –me dijo.

-Sí –respondí-. En realidad me gusta todo tipo de música. Pero el rock va en primer lugar.

Los riffs de guitarra y la voz desgarrada de Eddie Vedder cobraban intensidad. Giovanna levantó las cejas con una sonrisa.

-Interesante tu música –dijo.

No sabía que contestar.

-Bueno, yo prefiero la música de los ochenta, el rock, el new wave –añadió.

Apreté un par de botones en la radio. Empezó a sonar Depeche Mode.

Sonrió. Tuve que fijar mi mirada en la calle. Me molestó no poder verla reír por completo.

-Ojalá un día de estos me permitas invitarte un café –le dije, y de inmediato me sentí totalmente estúpido. Giovanna se quedó en silencio. Su rostro perdió la expresión amable. Sus ojos se movían de un lado a otro. Volví a concentrarme en el asfalto. Nos detuvo otro semáforo. El silencio pareció eterno. Sentí que mis orejas se calentaban. Me sucedía siempre como una manifestación física de mi vergüenza. Mis ojos se irritaron. Imaginé que me diría mi vida entera. Que se bajaría del carro y que al día siguiente no iría a trabajar. Pero nada de eso sucedió. Giovanna volvió a mirarme:

-¿Un café en la oficina? – me preguntó.

Recordé a mi padre: si ya te lanzaste al vacío, de nada te sirve frenar:

-En realidad pensé que podríamos ir a tomarlo a otra parte –contesté. Giovanna meditó por un momento.

-No me vendría mal un café ahora –dijo-. Si tienes tiempo, claro.

Fuimos al Café-Café de Plaza Lima Sur. La gente caminaba por el gran corredor, entrando y saliendo de las tiendas con paso presuroso. Nos sentamos. De fondo, Turn me on de Norah Jones, como poniéndole pausa a nuestras palpitaciones. La noche fue levantando el telón oscuro que cubría nuestras vidas. Me acostumbré a las arrugas en su rostro, a sus manos delgadas, su voz de océano en calma. Dejamos de ser dos desconocidos.

Cerré la llave de la ducha. Corrí la puerta y busqué la toalla. Encontré a Giovanna parada frente a mí. Su desnudez era un otoño sereno, un valle erosionado con gentileza por el paso del tiempo. Entró a la ducha. Me pidió que la bañara. Nos besamos. Mientras abordaba mis labios, empezó a pedirme perdón. Resté importancia a su comentario. Reímos, y proseguimos con la lluvia de besos mojados. Mis dedos recorrían los surcos de su piel, se enredaban en su cabello. Volvimos a juntarnos, a jadear y acompasar nuestras caricias. El agua se llevó sus gemidos, mis embates. Volví a penetrarla.

Luego de un breve silencio. Durante el cual ella seguía besando mis manos, sentí pavor. Era tarde, habíamos tardado más de lo usual.

-Es mejor que te marches –le dije, mientras recuperaba el aliento-. Tu esposo estará preocupado.

Se quedó en silencio por un momento. Luego me apartó con su brazo. Se puso una toalla y salió del baño.

Me arrepentí de mis palabras.

sábado, diciembre 11, 2010

El Piso 11


El corredor que separa el ingreso al hospital de los pabellones se hizo más largo esta vez. Al llegar a los ascensores, un vigilante y una enfermera me pidieron un pase especial. Recordé que las visitas regulares se hacían en la tarde. –Voy al piso 11 a ver mi madre -dije. La enfermera revisó unos papeles sujetos a una tablilla de madera. Entonces le hizo un gesto afirmativo al guardia al tiempo que cerraba brevemente sus ojos. Subí al ascensor.

Aquel miércoles salí a trabajar con apuro y sueño. A pesar de la jornada maratónica del día anterior, tenía temas pendientes que debía resolver y que ya no podían posponerse. No pude dejar de reparar en la habitación vacía de mis padres. Habían pasado tres días y mi madre seguía en el hospital. En las pocas veces que hablé con mi padre –fue él quien me llamó todas las pocas veces- no hubo novedad alguna. –Ella está bien -me decía-. Tu tranquilo nomás.

No tenía mucho tiempo para pensar en estar tranquilo o no. El teléfono de mi oficina nunca dejaba de sonar.


Una semana antes de eso, mi madre se había caído. De no ser por mi padre, el golpe habría sido terrible. Una larga enfermedad la aquejaba y la había consumido hasta hacerle perder una pierna. Si bien la caída no le produjo ninguna contusión, algo se quebró desde ese momento. Mi madre se recluyó en el mutismo y la angustia, en llantos desconsolados e imprevistos. Su malestar me provocaba malestar. En mi cabeza, su llanto se mezclaba con mis problemas en el trabajo y la promesa de un puesto como supervisor. Me costaba entender esa mezcla de preocupación e impaciencia. Me dolía verla así, pero a la vez me fastidiaba verla.

Al llegar el fin de esa semana quise olvidarme de mis preocupaciones, pero mi madre seguía llorosa y ausente. Pedía que la subiéramos a su habitación, luego que la bajáramos. Lo hacíamos usando una silla, debido a su invalidez. Aún no entiendo por qué dije lo que dije. Le dije que ese estado era una clara señal de que estaba a punto de morir. –Déjame tranquila, Luis –fue su respuesta-. Fue la última vez que me dirigió la palabra.


Siempre me ha molestado el vértigo que producen los ascensores del hospital. Me sorprendió notar que de momento, no sentía nada. Mis ojos estaban fijos en los números del ascensor. Piso 11, piso 11, piso 11, habitación 52. La campanita del ascensor sonó una vez más y las puertas se abrieron. Piso 11. El sol se filtraba por los grandes ventanales del hall. Miré los números de algunos cuartos para orientarme. Una enfermera me dijo que tomara el corredor de la izquierda. Mi garganta estaba seca. Me dolía. Mis manos sudaban de forma incontrolable. Inicié mi marcha con un falso paso apurado. No quería llegar a la habitación. Soy sincero: no quería.

Aquel miércoles llegué al trabajo y apenas si tuve tiempo de sentarme. Una lluvia de reportes e informes me volcaron de lleno a la jornada de día completo en el que lidiaba con mi jefe, con mis colegas y mis clientes. Todo era para ayer, todo era ASAP –como me jodía esa palabra- y todos los correos, firmados con saludos cordiales, exigían una respuesta de mi parte en términos nada cercanos a la cordialidad. Sonó mi celular. Era mi padre.

-Oye papito -me dijo el viejo-. Tu madre ha entrado en coma. Y el médico dice que no se va a recuperar. Hay que esperar nomás, ya si pasa algo yo te vuelvo a llamar. Colgó.

Sentí un sabor salobre en mi boca, y un vértigo que me hizo recordar al ascensor del hospital donde solía atenderse mi madre. Pensé en las palabras de mi padre, su serenidad no iba acorde con la noticia dada. Pensé en muchas otras cosas mientras articulaba algunas palabras delante de mi jefe, que sonaban a un permiso justificado. –Deja tus pendientes a fulanito de tal y ten tu celular prendido –me dijo. Mi celular interrumpió. Soy sincero: no quería contestar.


Me dijo que la dejara tranquila y eso intenté. Yo quería verla reponerse, luchar, sacar ese coraje que en sus buenos años la caracterizó, pero sólo atinó a guardar silencio y sollozar. El fin de semana se fue volando; recuerdo incluso que me fui a al bar con mis amigos. Al día siguiente, mientras yo asimilaba mi resaca, mi padre le rogó a mi madre que la acompañara a dar un paseo. Esa noche, a diferencia de otras noches, fue mi padre quien tuvo que contar los detalles. Mi madre estaba en la mesa, con la cabeza hundida entre sus brazos y la voz ausente. –Súbanla mejor a su cuarto –solicitó mi viejo-. Todos nos fuimos a descansar.

Me costó dormir. Me gasté la noche conversando en el chat y viendo televisión. Por eso me molesté cuando mi hermano me despertó ese lunes a las cuatro de la mañana: –Mi mamá está mal, Luis. Vamos a llevarla al hospital.

Mi madre estaba ida. Apenas si pudo pasar de la cama a la silla. La cargamos y bajamos las escaleras con la pericia que los años nos habían dejado. Pero su silencio aumentaba mi cólera y el sueño me mataba. A llegar al primer piso, mientras mi hermano tomaba la silla de ruedas, busqué los ojos de mi madre y disparé sin piedad:

-Así nunca llegaré a ser jefe.

La llevamos hasta la esquina de la calle y quise pedirle perdón, pero no lo hice. La vi subir al taxi y mirarme con ojos tristes, y quise pedirle perdón, pero no lo hice. Fui el único que se quedó en casa. Me fui a dormir. La semana me esperaba con muchos pendientes en el trabajo. No supe más de mi madre hasta tres días después, cuando mi celular interrumpió la conversación con mi jefe, y mi padre me dijo con voz abatida, pero firme, que el coma de mi madre había terminado. Que estaba en la habitación 52, piso 11.

sábado, noviembre 13, 2010

Epifanía


Aléjate de todo. De todos. Obsérvalos andar. Repara en sus pasos agotados, en sus vidas siempre insatisfechas. Míralos, aferrándose con toda su voluntad a la esperanza de que se pueden ser felices. Míralos, incapaces de ser sinceros consigo mismos, ajenos a todo, evadiendo la miseria y el sufrimiento, cerrando los ojos ante las verdades que desfilan frente a los parabrisas de sus vehículos.

Aléjate de ellos, míralos arruinarse la vida de jóvenes, y después hablar de bendiciones y milagros. Míralos hablando maravillas de ellos mismos, pero incapaces de sacrificarse por otros; velos rezar, persignarse, arrodillarse, temerosos de que la vida se les vaya con el primer viento, temerosos de no tener nada, cuando es nada lo que siempre han tenido.

Velos, siempre inconformes, siempre anhelantes de una vida diferente a la que tienen, creyendo que la mujer de sus sueños no es aquella con la duermen al lado, creyendo que tienen al hombre ideal sin saber que pronto tendrán que odiarlo. Obsérvalos, felices, desangrando su vida por criaturas que algún día se avergonzarán de ellos, que experimentarán con substancias y denigraran sus cuerpos y los harán llorar lágrimas suficientes como para llenar una casa. Míralos llenar su cabeza de complicaciones para poder obtener más y más, pero siempre viviendo menos.

Ahí están, sentados en un escritorio, aborreciendo los lunes, anhelando los viernes, preguntándose cuando será el día que todo deje de ser tan complicado. Míralos correr a las aulas, sumar, restar, multiplicar, dividir; sobre todo dividir, que es el principio de esa palabra odiada y querida, siempre a conveniencia: explotar. Míralos, con sus cartones relucientes enmarcados, aburridos de sí mismos, incapaces de pensar, de sólo detenerse un momento y pensar. Míralos odiarse, insultarse, negar todo aquello que juraron alguna vez ante un altar, mira como ese álbum de fotos, el vestido blanco y el ajuar se va a la cloaca, míralos tocar la miseria, en una casa de dos pisos con vista al mar.

Míralos llorar.

Sigue sus pasos, escucha el ruido de los tacos por las aceras, míralos coquetear en las fiestas, esconder el anillo, obsérvalos deseando a otros en un silencio mediocre; velos odiar a sus patrones, maldecir a sus clientes, rebuscar su billetera y colmarse de deudas insensatas. Míralos beber, fumar, escapar a otras ciudades para respirar, y luego regresar a ahogarse, en la infelicidad de una vida que jamás lograra colmarlos. Observa sus sonrisas falsas, jurando alegría, jurando conformidad, jurando tranquilidad, cuando por dentro no saben que su vida siempre es una suerte de pasos en falso. Los verás comer, dormir, llorar; correr, bailar, llorar y te sorprenderás de saber que la lealtad es la primera de las mentiras, que dormirán con otros, pagarán por otros, y regresaran a casa tratando de esconder el perfume, mortificados por la sensación de un beso proveniente de otros labios. Se entregaran al silencio, correrán a sus oficinas, trabajarán hasta tarde, y no querrán pensar nunca, jamás, en el sendero por el que se arrastran sus miserables vidas.

Es su naturaleza, su esencia, su matiz. No hay día, por más sol que tenga, que vaya a iluminar esa substancia gris que los impregna. Sabrás que es la marca de la insatisfacción, sabrás que pronto sufrirán, entonces los veras en la hermosa quietud de la muerte, los veras nuevamente llorar.

Aléjate de ellos.

Ahora, escribe.

domingo, octubre 31, 2010

Miseria


Debo dejar de leerlos y lanzarme al vacío
Dejar el silencio, gritar mi mente
En direcciones imposibles
Estrellar mi pensamiento en paredes, baños y mugre.

Debo arrugar las páginas mediocres,
Abrir más botellas, fumar la vida sin asco
Dejar de sentirme solo, gritar mi mente
Entre los cerros plomizos, entre la multitud hedionda
A perfumes caros, a autos lujosos, a aburrimiento
Soy yo quien debo
Chocar contra esa inmensa reja
Que me ha salvado del mundo
Y de sus poses banales y absurdas
De toda la miseria que rodea una billetera llena.

Debo olvidarme de la pobreza y el olvido
Disparar mis balas acidas, matar el romance
Asirme de los últimos renglones de un buen libro
Y joderme la tarde, pensando
En por qué el mundo está tan podrido
y aún así sonríe, le sonríe al absurdo.

Debo dejar el silencio, gritar mi mente
Debo aceptar que no soy parte del resto,
Y que estoy realmente jodido.

jueves, agosto 12, 2010

¿Qué tal roca?


Los comentarios vertidos ayer por los algunos representantes principales del APRA (incluyendo a Mulder y Velasquez Quesquén) han intentando convertir las declaraciones del depuesto candidato Carlos Roca en una pataleta de niño frente a la imposibilidad de aspirar al sillón Edil.

Es cierto: Carlos Roca tuvo una inscripción tardía. Ello ponía cuesta arriba la posibilidad de competir con los candidatos de mayor preferencia Alex “Homeless” Kouri y la cándida Lulú. Si a ello le sumamos la total desconfianza que –a costa de grandes escándalos- ha cosechado el APRA (cosa que, vale decir, tenían más que prevista a favor de sus bolsillos) tenemos como resultado una candidatura jalada de los pelos.

La pregunta que debemos hacernos no es ¿por qué pusieron a Roca como candidato? Vamos, estamos hablando del APRA. Vale decir, de unos expertos en materia política nacional. Unos maestros de las alianzas y las pasadas por debajo de la mesa. No son improvisados. Sus gestiones truculentas y casi mafiosas nos hacen ver que son un grupo organizado de guantes blancos y artimañas magistrales a la hora de aspirar al poder y a los beneficios pecuniarios –siempre torcidos- que se obtengan del mismo.

Entonces, si la inocencia de los compañeros está descartada, habría que pensar en que la candidatura de Roca podría haber sido una medida de presión para alguno de los candidatos que están arriba de la torta. Un pequeño golpecito en el hombro que podría traducirse como: “o juras apoyarnos, o le damos todos los votos a nuestro candidato y te friegas”.

Si sabemos que Lourdes está casi segura. Y que además, a pesar del escándalo con Cataño, es probable que su gestión sea buena y por ende contraproducente para una posible Keiko en el poder (Como lo fue Andrade contra Fujimori –recordemos que ahora estamos en el evidente período del Aprafujimorismo o Fujiaprismo, como deseen llamarlo) podemos pensar que la victima de tamaña presión sea Alex “Homeless” Kouri, quien, de contar con los votos del APRA, de la juventud aprista y de todos aquellos muchachos que, por puro corazón o por honor a su abuelo, creen aún en Víctor Raúl, podría repuntar y dejar una vez más en la ruina a la cándida Lulú.

Por tanto, podemos suponer que el retiro de la candidatura de Roca no es más que el cumplimiento de una parte de una novela más grande. Es posible que Kouri haya aceptado el “apoyo” de los compañeros, a cambio de los beneficios correspondientes. Y no es de extrañar que este apoyo se traslade inmediatamente a Lourdes si antes de llegar a las urnas hay un despunte que relegue a Kouri a una derrota fija.

¿Por qué Kouri? o ¿Por qué, en su defecto Lourdes? Es la pregunta que nos viene en seguida.

Porque son parte de la movida, porque saben que en el poder siempre hay su cochinadita y porque sabrán jugar sus cartas con el APRA, de manera tal que no habrá perjuicio para Alán y Cia. Además, como plus, cabe señalar que ambos partidos pertenecen a esa derecha siempre favorable para los empresarios y las licitaciones “con regalo bajo la mesa”. Es decir, son parte del mismo jardín. Apoyar a un partido socialista implicaría demasiados problemas (trabas en los faenones, demasiado gasto en inversión pública y social, solución de la seguridad ciudadana y fin del “estado de miedo” que manipula la conciencia de la gente, etc.), incluyendo la fiscalización del mandato de Castañeda, que es un hombre a quien, de acuerdo a las medidas tomadas por el actual congreso liderado por el APRA, desean proteger por si termina ocupando la plaza que parece destinada a Keiko.

¿Qué tal roca la de Roca? No. Una gran jugada del APRA, para desgracia nuestra.


(Para mayor información has click en el título de éste post).

viernes, agosto 06, 2010

Un gas que apesta...


La protesta se hizo escuchar. Los pobladores cusqueños se oponen a la exportación del gas de Camisea. Han bloqueado carreteras y han cometido una sería de exabruptos que, como ya hemos visto en otras partes del Perú, traerán serios problemas al resto de comunidades, al transporte, al consumo interno y al turismo.

Sin embargo, dicha medida, aunque inadecuada, tiene un trasfondo que preocupa. El gobierno Aprista esta empecinado en exportar el gas a como dé lugar.

Del Castillo, el muñeco de año nuevo aprista, se manifestó ayer en el debate congresal: “Cuando lo quiso hacer el gobierno de Toledo, no dijeron nada. Ahora que lo retomamos nosotros, protesta”.

Pero olvida que su chamullero amigo Alan García, hizo gala de su elocuencia hueveadora en uno de sus discursos del 2009, aduciendo que no permitiría que se sacrifique el consumo interno de gas en beneficio de la exportación. (Aduciendo a la modificación de la ley que se hiciera en el gobierno de Toledo para intentar exportar el gas si o si). Bla, bla, bla.

Si el contrato de Camisea (firmado en el 2004) indicaba que durante 10 años solo se usaría gas para el mercado local, ¿por qué Toledo y ahora los ratoncitos Apristas desean exportarlo?

¿Afán de contribuir al mercado de combustibles, afán por el crecimiento de la macroeconomía, beneficio para el país?

No. Se especula por ahí que los dueños mayoritarios de Camisea han destinado 380 millones de dólares en gastos de gerencia. Todos los que hemos trabajado en una empresa sabemos bien a qué se le llama gastos de gerencia. Son aquellos gastos que, por ser usualmente destinados a gollerías, almuerzos, viajes y sobre todo a ciertos incentivos en la toma de decisiones de nuestros socios (soborno es una palabra muy poco profesional), no se justifican dentro de una contabilidad menuda o muy detallada. Pues debido al tamaño del botín y teniendo en cuenta ese ferviente voluntad de los apristas por llenarse los bolsillo con plata, la necesidad de exportar el gas se hace más que evidente.

Exportar el gas implica venderlo en un valor doce veces menor al que se pagaría por consumo interno. ¡DOCE VECES MENOR! Lo cual se traduce en una pérdida de ingresos al aparato estatal, a las empresas locales y a los pequeños distribuidores. Las empresas que generan energía eléctrica tendrán que reemplazar el gas por el diesel 2 (que es más caro), así que nuestros recibitos mensuales de luz se verán incrementados.

Lo que es peor. La empresa que compre el gas volverá a venderlo al Perú por un precio mucho más alto, haciendo así un negocio redondo y jodiendo nuestros bolsillos. Todo amparado por la venia de un gobierno que, estando en su último año, debe asegurar el botín antes que el gobierno siguiente lo haga.

Pero sólo Cuzco protesta. Porque yo gano cinco mil o diez mil soles y me da igual si sube o no el precio de la luz. Me da igual porque a mi auto yo le echo gasolina de 97. Me da igual, porque no sé lo que es manejar un taxi ni tener que sostener a mi familia con eso. Me da igual, porque mi tío es aprista y porque de alguna forma por ahí puedo agenciarme un favorcito del gobierno, ¿y qué si me cae un poco de esos 380 milloncitos?

Me da igual, porque para mí el Perú es Lima, y Lima es Larcomar.

Esa podría ser la respuesta. Pero creo que este es un momento decisivo para mostrar nuestra conciencia colectiva. Para pensar en todos, sobre todo en aquellos que necesitan más que nosotros. El gas debe exportarse cumplido su momento. No antes, no por favores, no sin asegurar el consumo interno, ya que luego de unos años pueda ser que esa escasez toque mi puerta, cuando Alan ya esté en París nuevamente, lejos de todo, cagándose de la risa de nuestra impavidez y falta de conciencia.
Para mayor información has click en el título de este post.

jueves, agosto 05, 2010

¿Caperucita o el Lobo?

El cinismo de los políticos es, en ocasiones, espeluznante.

La respuesta de Lourdes, frente a la evidente relación laboral que mantuvo con Cesar Cataño y por la cual recibió más de un millón de soles ha sido, lejos de un mea culpa, un intento ridículo por burlar la crítica moral. Ha denunciado a ciertos elementos “montesinistas” que, de la mano de Kouri, buscan desprestigiarla.

Este manotazo de ahogado, disimulado por esa sonrisita nerviosa, lejos de dejarme tranquilo, me inquieta aún más. Me hace suponer muchas cosas: ¿Con quién se aliará Lourdes si gana los comicios municipales? ¿Qué favores tendrá que devolver? ¿Dispondrá, como lo ha hecho Castañeda, del erario municipal para su enriquecimiento personal o el de sus aliados?

Me pregunto esto pues, si Lourdes desconocía el origen del dinero recibido por parte de una persona vinculada al narcotráfico, es, por decirlo menos, una miope o una persona extremadamente inocente, incapaz de indagar por el pasado, presente y futuro de sus socios, lo cual la convierte en un peligro latente dentro del plan municipal.

Pero la pregunta que más me preocupa es: ¿Qué si Lourdes sabía que el dinero de Cataño era producto del lavado de activos por parte del narcotráfico?

Lourdes se encuentra en jaque. No puedo votar por ella pues ambas suposiciones me enfrentan ante una candidata que puede, a conciencia o por negligencia, convertir el municipio en un chiquero. Ya que, o tiene el descaro para hacer grandes y truculentas alianzas, o la inocencia para ser una pobre caperuza devorada por algún lobo de turno.

lunes, julio 26, 2010

¿Y ahora?

"Perú 21" acaba de poner en relativa evidencia la participación de Castañeda en el escándalo de la empresa Comunicore. La media de peruanos con acceso a información en línea lo sospechábamos, pero para el resto de la población el impacto de la noticia mermará de manera considerable la preferencia por Castañeda en las elecciones.

Esto no debe alegrar: se sabe que la única beneficiada con éste escándalo es la hija del dictador, Keiko, quien repuntará en las encuestas, aunque se entiende que la finalidad de tan exhaustiva investigación por parte del hijo ejemplar de "El Comercio" es darle una oportunidad a la Chakana de Toledo. Si Alan la tuvo, no hay motivos para pensar que Alejandro no pueda tenerla.

Sin embargo, nuestra conciencia electoral es tan pobre que la puedo resumir en las palabras de mi abuelo: “todos roban”. Y claro, como sabemos que todos roban, qué más da, los empresarios apoyaran al que esté dispuesto a compartir botín y la plebe apoyará a aquel candidato que les permita agenciarse una cutrita (Vaso de Leche, Comedores populares, chambita y carnet para mis sobrinos, etc.)

Este pensamiento maloliente nos hace víctimas de una circunstancia eterna: sólo se benefician algunos, los demás que se jodan. En plena dubitación, vemos como la gente de la sierra se muere de frío. Vemos como veinte millones de soles, de nuestros bolsillos, se han repartido entre un grupo de empresarios y nuestro alcalde, al cual pensamos poner como presidente, vemos como Keiko se gradúa en EU con un presupuesto educativo de un millón de soles que también fue fruto de nuestro sudor. Y a pesar de todo ello, nos rehusamos a pensar en política, a formar una conciencia que nos convierta en los principales fiscalizadores de nuestros gobernantes.

La siniestra nube se ha colocado una vez más como regente en los futuros comicios electorales. Mi mente, a veces negativa, me hace tentar la posibilidad de que Kouri será alcalde y Keiko presidenta. KK. Caca. Más de lo mismo.

Quizá las cosas cambien cuando, sentados en una mesa, nos olvidemos de esa bendita frase que se ha convertido en nuestro lastre: “dicen que de futbol, de religión y de política es mejor no hablar”. Nada más conveniente para nuestros candidatos.




(Has click en el título del post para ver la noticia)

viernes, julio 23, 2010

Chávezland!!


Es probable que muchos, al igual que yo, no logremos comprender cómo es que un país como Venezuela puede estar mayoritariamente a favor de un presidente como Hugo Chávez. Sin embargo no es tan difícil explicarlo. Es el resultado de un cúmulo de desazones clavadas en el corazón del pueblo fracturado, tan fracturado como el que podría existir en Perú.

Chávez, a través de su política populista, migajera y bravucona, se ha metido al bolsillo al común y corriente, que lo respalda pues cree, con ilusión, que es ese el camino a su reivindicación social y a la única oportunidad de poder contar con aquellas cosas que la derecha, siempre inclinada hacía las manos de los ricos, le ha negado.

Sin embargo, lo que esta gente humilde desconoce es que su gobierno no es perpetuo, y que todas estas licencias sociales soportadas por el colchón petrolero no serán eternas. Pero lo que es peor. Estas licencias sociales otorgadas por Chávez no son más que una ilusión vaga y pasajera y no son el camino del progreso que tanto anhela el pueblo, sino tan sólo una migaja más grande, que palia el hambre, pero no nutre, y que finalmente, cuando termine, hará que el pueblo pase de la pobreza a la miseria.

El soporte ahora es fuerte. Chávez tiene a USA sujeto por los huevos. “Atácame y te corto el ingreso de petróleo”. Y confía en que sus amigos de la OPEP tomen medidas similares. Es parte de una novela de riñas y arañazos, pero en el fondo todos los actores se reparten el mismo premio. USA se queda tranquila: Chavéz puede joderlos, pero mientras llegue petróleo, que grite todo lo que quiera.

Sudamérica, en cambio, sufre los embates de este pobre midas, que ha financiado campañas en países cuya estructura social es similar a la de su país. Ecuador y Bolivia han colocado en el poder a presidentes que, en caso de algún conflicto internacional, tendrán la obligación (financiera) de arrastrar a sus respectivos países a un conflicto del cual saldrían perdedores. El pueblo vota porque tiene hambre, sufrirá después, pero ¿qué cuesta engañarse?

Chávez ha roto relaciones con Colombia. Su afán imperialista (siendo crítico del imperialismo yanqui) le ha llevado a tomar acciones disparatadas como pronunciarse en contra de la captura de Rodrigo Granda, activista de las FARC. Dicha acción fue calificada por Chávez como un secuestro. Nada más afrentoso y vil por parte del presidente de un país vecino contra el pueblo colombiano que sufre una guerra sangrienta, como la que sufrimos los peruanos hace muchos años.

Ahora Chávez ha roto relaciones con Colombia. No pretende prestar ninguna ayuda con respecto a la investigación de campamentos de las FARC en territorio Venezolano. Tanta negativa no puede sino hacernos suponer que Chávez protege a las FARC y que así como se hallaron campamentos en Ecuador, es posible que se encuentren bases guerrilleras en Venezuela.

El fin es el poder. El poder a costa de la insulsez del pueblo, de las falsas esperanzas de la pobreza paliada por medias radicales y extremas. El pueblo se agita feliz y agradecido, sin saber que cuando esta alianza a base de petróleo y matonería caiga, encontraran una letrina asquerosa, que los dejará embarrados por muchos años y que será el mejor motivo para que la derecha regrese, a darles la misma migaja, hasta que la rueda de la historia se repita.

martes, julio 20, 2010

Seis decepciones


*En la foto: Haya de la Torre desayuna con Odría para formar la colisión APRA-UNO, luego de que Odría fuera el primer persecutor y encarcelador de Apristas. Ahora huele a alianza entre el APRA y Keiko. ¿o estamos paranoicos?

TENGO derecho a ser paranoico. Soy un ciudadano común y corriente que en sus treinta años ha visto seis gobiernos, muchos de ellos calamitosos, otros tan solo vergonzosos. Seis. 30 años.

Soy sincero. Ha habido muchos cambios. Todos como fruto de un desacierto anterior. Todos en beneficio de unos cuantos. No es mi trabajo felicitar al gobernante que hace bien las cosas. Es obvio que tiene que hacerlas bien, por eso el pueblo deposita su confianza en él. Felicitar por hacer bien las cosas y dejar de mirar las cosas malas es algo imposible. Ninguna empresa hace eso con sus ejecutivos o gerentes. No veo porque yo, que trabajo y que a través de mis impuestos genero el sueldo de mis gobernantes, debo ser tan permisivo. Si en mi empresa robo un clip, es seguro que me botarán. Si un gobernante hace lo mismo, ¿no debería correr el mismo destino?

Pero siguen ahí. Respaldados por la gente pobre, esa gente que sigue creyendo en la labia enredada y musical de García, o en las gestas violentas y radicales de Ollanta. En la candidez fingida de Lourdes o en la inocencia de Fujimori, que es el único argumento que tiene su hija para aspirar al poder. Nosotros no queremos a nadie. En realidad no sabemos ni que queremos. Muchos de mis amigos prefieren ser neutrales, prefieren seguir aguantando el descuento de 100 o 200 soles en sus boletas como tributo al gobierno, mientras este roba y coimea a su antojo. No les importa, igual les queda plata.

Conozco dos posiciones: La de derecha y la de izquierda. La derecha siempre será defendida por los ricos. La izquierda es sinónimo de revolución y radicalismo. Por eso los medios de prensa siempre favorecen a la derecha. Por eso siento que todo lo que me rodea, las encuestas, los reportajes, la televisión y radio, apoya a la derecha a como dé lugar. Lo hacen para asegurar sus empresas, para que su legado millonario perdure. Otros favorecen la derecha porque recibirán favores políticos. Porque ayudaran a alguna universidad a salir adelante, porque son pro empresarios, porque gustan del lobby y el libre mercado y los frutos monetarios que pasen por debajo de la mesa.

La izquierda en cambio, está muerta. Y cuando quiere levantarse siempre es noqueada. Si pienso en izquierda lo primero que veo es una hoz y un martillo. Luego pienso en Lenin y Marx y claro, es una cojudez. Pero la derecha sabe que la izquierda busca justicia social y responsabilidad laboral. Eso no conviene, implica hacer demasiada inversión y mermar las ganancias de sus empresas. Mejor es vender la idea de que al menos estamos progresando, lentos pero seguros, y llenar sus bolsillos con premura, antes que la izquierda pueda defenderse y salir adelante. Entonces tendrán que pensar en cambios en la legislación laboral y en políticas de reestructuración social, entonces tendrán que sacar dinero de sus bolsillos que tratarán de que sea el menos posible. La derecha ruega que eso no suceda, usa sus medios a favor de ese interés. Y lo hace bien.

Entonces los grandes medios de comunicación, cuyos dueños también dirigen otras empresas, nos vuelven a vender más derecha: Keiko o Castañeda. No habrá más. No puede haber más. Darle cobertura a otro candidato sería suicidio. Saben que Keiko = Fujimori y que Castañeda es una tumba cuando de malos manejos se trata (tal es el caso de Comunicore). Es la derecha que ellos necesitan, la que se dedique a montar su circo y robar. La que no joda. Nada de cambios y política social. La gente vive feliz con sus 550 soles de sueldo mínimo y su impuesto de Quinta Categoría. La gente no pide horas extras. La gente, la gente no necesita saber nada. Solo Keiko y Castañeda, cualquiera, que importa.

Tengo derecho a ser paranoico. ¿O acaso exagero?

Más de lo mismo


Si hay algo que en lo que pienso día y noche, es en la catástrofe política que vive el Perú. Durante más de veinte años, vale decir, desde los postreros del gobierno de Belaunde, el Perú ha sido plagado de políticos de mucha maña, palabra bonita y obra perniciosa que han terminado traicionando la confianza de ciertos sectores de la ciudadanía. El desbande político se ha ido produciendo como una reacción en cadena basada en la desaparición de dos valores básicos en un ser humano: la moral y la honestidad. Todos los escándalos y vergüenzas que han brotado de los poderes del gobierno y del congreso provienen en esa pérdida de valores. Y el pueblo, cuna de estos gobernantes, no ha hecho más que llorar o aplaudir, de acuerdo a nuestro entendimiento y valoración de la “viveza”.
Así, Fujimori me parece un producto made in APRA y Toledo, un oportunista. Ollanta ha sido el producto de una división en el país y pie para que Alan –por increíble que parezca- nos vuelva a gobernar. Ahora, a un año de las elecciones, la hija de Fujimori lidera las encuestas y es posible que termine siendo nuestra primera presidenta.
Ante lo dicho, es muy posible que quien este leyendo estas líneas sienta un ramalazo de repulsión y asco al ver una línea más parecida a una monarquía que a un gobierno democrático. Gobierna el rey, gobierna la princesa, gobierna el hermano del rey y encima dos veces, y un caudillo intenta una revolución francesa. Y la pregunta que salta a la vista es ¿por qué? Con mucha humildad, he elaborado unas cuantas ideas me permito compartir:

1. El Perú se ha fracturado.

El primer gobierno de Alan extinguió la clase media. Por ende, en el orbe social sólo hubo una clase alta, muy rica y poderosa y una clase baja. El terrorismo hizo que fuera de ese orbe se creara otra clase: la clase paupérrima. Los asentamientos humanos, llenos de niños con hambre, huérfanos del terrorismo y gente sin trabajo, llenaron la capital. Además, con el estado en números rojos y el cierre del mercado internacional, nos convertimos en un islote encerrado en la bruma del subdesarrollo. Fue el momento perfecto para hacer lucir a Vargas Llosa como un pituco afrancesado. Entonces Fujimori subió a su tractor y prometió todo lo contrario a lo que prometió Vargas Llosa. Ya sabemos que terminó haciendo lo mismo. Entonces el Perú volvió a respirar. Se acabó el terrorismo, se recibió al capital extranjero, apareció Larcomar y Santa Isabel, Saga Falabella y Ripley. Pero un momento, ¿El Perú es Lima? No. El Perú es un territorio vasto. Bastaba irse a tres horas de la capital para darnos cuenta que era una ilusión, un espejismo. Bastaba con decir Andahuaylas, Apurimac, Ayacucho o mirar en los suburbios del Rímac y del Agustino para darnos cuenta que nos habíamos fragmentado.

2. Divide y vencerás.

Esta fragmentación hizo que el peruano tuviera esperanza y aguardara su turno. Ese turno no llegó. Fujimori aprovecho su éxito vigente para verter el beneficio de su gestión a su favor. Entonces apareció la figura de Montesinos. La historia es conocida por todos y si quedan dudas bastará con leer algo de la investigación de la comisión de la verdad o darse una vueltita por la hemeroteca nacional. Fujimori inicio un estado de dictadura y terror como no lo hubo antes, lo cual incluyó el asesinato y tortura de agentes del SIN y periodistas, el secuestro, la manipulación de influencias y las relaciones con el narcotráfico. Mientras tanto, las mentes de miles de peruanos se vieron destruidas por infinidad de diarios chichas, tecnocumbia, televisión basura y otros dulcecillos que empalagaron nuestra mente y nos impidieron opinar. Ello, sumado a la pésima educación base, dio como resultado una patria ciega e ignorante, donde el tuerto –Fujimori y Cia.- era el rey.

3. La Chakana y el retorno del rey.

El pueblo se alió con la figura indígena y cobriza, con cursitos en Harvard. Fujimori dimitió y corrió a refugiarse a su tierra natal. Toledo llegó al poder, celebró el Inti Raymi y cantó con los hermanos Gaytan Castro. Fue una fiesta que no quiso terminar jamás, por ello empezó a usar el avión presidencial como fortín de sus parrandas. Entonces le giró nuestro dinero a su familia, y empezó con lo mismo: manejos turbios, tráfico de influencias, nepotismo. Pero por si no bastara con ello, tuvimos que soportar a su mujer, Eliane, y sus problemas con la CONAPA. El pueblo, fracturado, humillado y traicionado, recibió con los brazos abiertos a un muñequito fabricado en Venezuela: Ollanta Humala. Los empresarios, los adinerados, los que tenían sus bienes invertidos en el Perú, necesitaban alguien que no sacuda el polvo y que permita que ese “crecimiento económico” no se detenga. Finalmente el rey regreso a su trono: Alan salió reelecto.

El gobierno de Alan, si bien no podrá compararse con el de Fujimori, ha sido uno de los más corruptos que se puedan recordar. Pero ya no nos escandaliza. Es como si nuestras espaldas se hubieran acostumbrado a trabajar duro, para que los patrones coman y disfruten del festín. Es como que no importara ese descuento de quinta categoría en nuestras boletas de pago o el impuesto del IGV. Nos hemos resignado de pagar ese tributo en aras de un crecimiento económico que solo beneficia a ciertos empresarios, mientras el resto del Perú, el cual solo conocemos como destino turístico y no como realidad, se sigue muriendo de hambre y frio. Es por ello que creo firmemente que Keiko saldrá electa. Porque lejos de esta Lima de edificios lindos y cafecitos, hay un pueblo, fracturado y doliente, cuya mente inocente aun cree en las falacias de la hija del rey, un pueblo que aún busca una Juana de Arco que les devuelva todo aquello que perdieron.
Más de lo mismo.