domingo, diciembre 30, 2012

EXTRAÑA ORFANDAD




En este rincón solitario
Ataviado con tranquilas melodías
La historia transcurre a través de mis manos.
El viento
-Como todo en mi vida-
Sopla en contra, pero reconforta.
No es una mala tarde, pienso,
A pesar de que todos se han marchado
Y no hay más que cemento y melancolía
Por los tiempos casi borrosos
Y el recuerdo de alegres voces
Que recorrían los pasadizos
Y llenaban las habitaciones.
De todo eso ya ni la nostalgia,
Sólo un sabor rancio en la boca
Cuando pienso en ellos, allá afuera
Cargando la misma sangre que yo derramo ahora
Culpables todos, al fin y al cabo,
De esta extraña orfandad.

sábado, octubre 13, 2012

Vera Icon




Cuando pienso en la mujer de mi vida –No uso la palabra ideal porque me parece absurdo concebir a la compañera de mi vida bajo premisas arquetípicas-, suelo pensar en alguien cómo tú. Pienso en tu naturaleza; en esa sonrisa quebrada que suele balancearse con gracia hacia el lado izquierdo de tu rostro. Pienso en ese resoluto sentido de independencia y autonomía que te ha alejado de la vida cómoda y te ha armado del valor para afrontar algunas noches solitarias entre cuatro paredes con olor a pintura nueva mientras afuera la gente aún cuchichea la presencia de una nueva vecina. Pienso en el camino que recorres para cumplir tus sueños, en tu agenda recargada, en el tiempo irrespirable y en la vorágine del día a día: en todo aquello que sacrificas en pos de tu libertad.

Cuando pienso en la mujer de mi vida, pienso en la manera en que has asumido el rol protagónico en tu existencia; sin esperar nada de nadie para poder llegar a donde te has propuesto. Pienso en la lucha constante y la tenacidad a la que recurres para no dejarte abatir. Ganas mi admiración y mi respeto; pero sobre todo, queriéndote como te quiero, me haces sentir orgulloso.

Pienso en tu mirada tratando de descifrarme, en tus palabras cautas, en tus gestos irreprimibles. En el suspiro que antecede tu búsqueda de paciencia cuando me excedo, cuando me complico, cuando me equivoco y tropiezo en algún peldaño de esa escalera escarpada que debo recorrer para alcanzarte, y aún así llegas, gentil, a tenderme la mano. Pienso en el aliento que me das, en tu presencia, en esa magnífica esencia que me maravilla y me inspira, y ahuyenta a los demonios internos que muchas veces buscan desmoronarme.

Cuando pienso en la mujer de mi vida, pienso en tu cabello negro, en tu piel trigueña, en tus ojos pacientes y esa boca consagrada que parece acoplarse a mis labios con suntuosidad. En ese inesperado ardor que nace en ti y que, frenético, incendia nuestras noches. Un calor casi incontenible que hace insoportable el peso de nuestras prendas sobre el cuerpo y que, al aplacarse, suele dejar pequeñas quemaduras en mi cuello, apenas disimulables en el final de este hermoso invierno.

Cuando pienso en la mujer de mi vida, pienso en la distancia que nos separa, en el miedo que te rodea, en el paso que no crees ser capaz de dar. Cuando pienso en la mujer de mi vida, y en la vida que quiero al lado de ella, suelo reafirmar mis convicciones y pulir mis certezas. Y, aunque la duda remanezca, suelo invocarte con ansia en las mañanas, para empezar mi lucha diaria por dar la talla y no perder altura, por pulir mi talento y hacer que vuelques nuevamente tu mirada hacia mí. Tu nombre está cargado de verdad y victoria, y quiero pronunciarlo por el resto de mis días, no importe el tiempo que me tome lograr que me digas que sí.

lunes, agosto 06, 2012

PEQUEÑO REINO




Me gusta el espacio que parte desde tu oreja, desciende por el lado derecho de tu rostro y muere en esa delgada clavícula que asoma como la pequeña loma que le pone fin al valle. Es el espacio que recorro con labios abnegados tratando de eternizar tu esencia y el jazmín de tu perfume; el manto rosa de infierno y esperanza en el que me pierdo cada noche, bajo luz tenue, alejándote del resto, apagando el mundo y ciñéndolo a ese pequeño reino hecho de tu carne. Es el lugar perfecto para el silencio, para mi urgente necesidad de amarte.

miércoles, julio 11, 2012

EN LLAMAS




La primera pelea ocurrió la noche del viernes cuando, amparados por la oscuridad del pasaje, aprendíamos a fumar nuestros primeros cigarrillos. Los vimos llegar discutiendo por la calle contigua, con gritos desordenados que se estrellaban a toda velocidad. Cruzaron sin percatarse que nuestras miradas los seguían. Ella le dio un par de golpes en el pecho, con su larga cabellera rubia alborotándose por el forcejeo; él intentó atraerla de nuevo, pero los golpes lo obligaron a dejarla ir.

“¡Estoy harta de que siempre tengas que preocuparte por esa estúpida!”, dijo ella.

El tipo extendió sus manos, languideció su rostro, arqueó sus cejas con exageración. “Ahora somos amigos, Connie”. “¿De dónde imaginas que ella todavía me interesa?”

La chica abrió su cartera y buscó sus llaves. Él intento acercarse, pero ella levantó el codo. Le dio justo en la cara. Luego entró a su casa, azotó la puerta y dejó al tipo en la calle. Le echamos una pitada a nuestros cigarrillos mientras veíamos una sucesión de luces que se prendían y apagaban en toda la casa, hasta llegar al segundo piso, donde había una ventana que daba a la calle y cuya luz permaneció encendida. “Connie, por favor, no hagas esto”, suplicó el tipo hablándole a la nada, cuando un sinfín de objetos empezó a llover desde la ventana. Lo primero que vimos fue un enorme panda de peluche, seguido de unos vestidos de noche, un reloj de mesa, maquillaje, labiales, cajas de rosas, fotografías, tarjetas, pequeños adornos de mesa, una larga toalla, unas sandalias; todo encima del tipo que, absorto, seguía mirando a la ventana con las manos extendidas. “¡Llévate toda tu mierda!”, gritó la chica. “¡Llévate toda tu mierda y dásela a esa perra!”

El tipo, derrotado, empezó a recoger las cosas; cruzó su mirada con la nuestra. Sus ojos estaban resignados, a punto de empantanarse. Cogió la toalla, la extendió y empezó a guardarlo todo. Al terminar, se echó las cosas al hombro y decidió marcharse, pero la puerta de la casa se abrió y él detuvo el paso. La chica estaba en el umbral, en pijama. “No, Carlo, no te vayas. Perdóname”, le dijo, con voz contrita, y corrió hacia él para darle un abrazo. El tipo dejó caer las cosas y empezó a besarla con pulsión, hasta que recordó que estábamos ahí observándolos. Entonces recogieron todo y entraron en la casa.

Las noches siguientes los vimos llegar tomados de la mano, salir a caminar, a cenar, siempre enfrascados en besos intensos y caricias impetuosas. Todo parecía ir de maravilla entre ellos, hasta la noche en que se nos acabaron los cigarrillos. Esta vez ella cruzó primero. “Nada tenías que hacer conversando con ella”, gritaba, furiosa. El tipo apareció, persiguiéndola con los brazos extendidos. “¿Cómo no voy a contestarle si trabajo con ella, Connie?”, replicó exaltado. “¡Te gusta coleccionar putas! ¡Eso es lo que pasa!”, dijo la chica mientras buscaba las llaves de su casa. El tipo intentó acercarse, pero ella sacó una lima de su cartera: “Ni se te ocurra tocarme, maldito imbécil. Que ni se te ocurra”.

Ella entró, y el tipo volvió a quedarse afuera con las manos extendidas. Vimos la seguidilla de luces y decidimos prender los últimos cigarrillos. El tipo volteó a mirarnos cuando un par de sandalias cayeron sobre su cabeza. Luego siguieron cayendo más cosas. Vimos una maceta con girasoles que se rompió al impactar contra el suelo, una caja de galletas que se desperdigó por la calle, un walkman que, por fortuna, cayó sobre el césped de un arriate. “¡Muérete, imbécil!”, gritaba la chica, mientras el tipo empezaba a recoger las cosas y a guardarlas, esta vez usando un fino cubrecama. Pasó por nuestro lado tratando de ignorarnos, con la vergüenza asentada en las mejillas, y dobló por la esquina. La chica se asomó a la puerta, vio las galletas derramadas por el suelo. “¿Carlo? ¡Carlo!”, gritó. Le señalamos el camino por donde se había marchado y fue corriendo tras él. Regresaron al rato, cargando sus cosas mientras se prodigaban besos despiadados. Apagamos nuestros cigarros y regresamos a casa.

Pasaron algunas noches hasta que junté dinero y valor para conseguir una nueva cajetilla. Busqué a la gente y regresamos al pasaje. Uno de nosotros había conseguido una botella de cañazo, así que decidimos pasar el rato tomando. Era la una de la mañana cuando el tipo apareció frente a nosotros. “¿Saben si Connie está dentro?”, preguntó. Negamos meneando la cabeza, mientras el licor raspaba con crueldad nuestras gargantas. El tipo se sentó en una banca y se puso a esperar, inquieto. Después de un buen rato, el ruido de un auto, a lo lejos, lo alertó. Dimos un par de pitadas bajo un silencio absoluto. Entonces empezaron los gritos. La chica apareció en la calle y, ni bien lo vio, lo apuntó con el dedo índice: “¡Nada tenías que hacer coqueteando con esa idiota en nuestra mesa!”. El tipo meneó la cabeza. “Es mi prima, Connie. ¿Qué rayos te pasa?”, dijo, intentando cruzarse en su camino, pero ella le dio un puntapié en la rodilla y buscó sus llaves. “No soy ninguna cojuda. Sé bien que esa perra quiere algo contigo. ¿Por qué tenías que invitarla?”. “Es mi prima”, insistió el tipo. “¿Cómo no la voy a invitar a mi cumpleaños?”

Esa vez no hubo seguidilla de luces. Ella cerró la puerta y él se quedó fuera, repitiendo su última pregunta. Entonces las cosas empezaron a llover nuevamente por la ventana, esta vez en mayor cantidad, con mayor violencia. El walkman se hizo pedazos al caer, los vestidos se rasgaron, los peluches habían sufrido tijeretazos, perdido sus ojos; las tarjetas y las fotos caían hechas picadillo. “¡Lárgate con todas tus putas, estúpido!”, se podía oír desde el segundo piso, “Estoy harta”.

El tipo no buscó la toalla, ni el cubrecama. Sólo apiló las cosas frente a la puerta de la casa. Cogía cada objeto, lo miraba con pena y lo echaba en la ruma, como despidiéndose de él. Luego se acercó a donde estábamos y nos pidió la botella, los fósforos y un cigarrillo. Regresó a la pila de recuerdos y las roció con el cañazo, prendió su cigarrillo y aventó el cerillo. Nos hizo un guiño antes de perderse por la esquina, dejándolo todo en llamas.


jueves, mayo 10, 2012

OTRA TARDE


"The Sailor's Toy" by Jack Vettriano


Caída la tarde abres la puerta;
las grandes mamparas, la alfombra nueva:
todo lo nuestro renace
bajo el imperio regente de tu mirada.
Tus manos batallan con mi naturaleza,
tu cuerpo arde como una pira
en medio de un calvero cubierto por la niebla.
Tus labios producen estigmas,
queman la tela, la piel, el alma;
bordan mi memoria como una enredadera,
como el sonido de la muerte,
como el filo agudo de una espada.
Cortas mi voluntad en sangrantes jirones,
aprisionas mi razón, secuestras mi sosiego,
invades el puerto de mi recelo con parsimonia,
lento, muy lento, como la quietud matutina del océano,
como el sonido ausente del viento en una cálida mañana;
me vulneras.
Me pierdo entero en la tormentosa agonía de tus olas.
y nuestros cuerpos no dan tregua,
al vuelco salaz del tiempo contenido
en las crueles estacas que adornan nuestros relojes;
al tiempo, a los días, a todo ese espacio que ahora muere
sin importarnos. A todas esas angustias
que, de pronto, se desvanecen.
La paz reposa sobre tus piernas,
tu mentón sobre mi pecho,
tus hombros desnudos,
tus labios contritos diciéndome “ya vete”,
las grandes mamparas, la alfombra nueva,
una puerta que se cierra y mis pasos
recogiéndose uno a uno,
albergan la esperanza de poder darte batalla
cuando el reloj vuelva a atormentarnos
y los besos se diluyan con la nostalgia
y se conviertan en la desesperación
por amarnos
otra tarde.


martes, marzo 27, 2012

ÁGORA


La soledad

Es el cilicio que ajusta el nervio

De los que respiramos

La dulce humedad de esta vocación

Labrada en piedra.

De insectos

Que han renunciado a la sordidez

Del mundo;

Que han evitado el cóctel somnífero

De los buenos tiempos.


Es la muralla

Que nos libra del color absurdo,

De la sonrisa perenne,

Del comentario inservible

Y de la caja luminosa,

Que somete al mundo

Noche tras noche.


Es el rostro horrendo

Que espanta toda oportunidad

De vida efímera, normal, tediosa.

Que nos ciega ante ese mal

Llamado futuro,

Y nos envía, día tras día,

A hurgar en nuestra memoria

Y luchar contra la miseria

De nuestra triste humanidad.


Es la amante perfecta,

Silente, absoluta,

Que sostiene nuestra mano temblorosa

Sobre la hoja rebelde

Tejiendo el pequeño nido

Donde las ideas se convierten

En un grito despiadado

Cargado de eternidad;

En el patético camino

Que los perdedores recorremos

Para librarnos de la muerte.



sábado, febrero 04, 2012

Escribe.




Cuando estés insomne,

Escribe.

Cuando estés solo en el silencio de tu pequeña covacha,

Y la tragedia te azote, furiosa;

La tristeza rasgue tu corazón, la pena te haga trizas,

Escribe.

Hazlo a la primera hora de la mañana,

Cuando algún extraño sueño te haya perturbado,

Cuando escuches que la vida empieza en las calles,

Y la gente siga con su paso acelerado;

Detén el tiempo.

Escribe.

Siéntate en las tardes calurosas, insoportables,

En el pequeño corredor, en el pasillo:

Espera por el viento de la tarde,

Ese que trae el olor a rosas.

Y aviva los viejos dolores;

Ese que revuelve tus entrañas,

Y que destruye la sonrisa que todos conocen,

Respíralo, llévalo hondo,

Escribe.

Piensa en todos los pecados cometidos,

Piensa en toda la familia olvidada,

Piensa en tus peores conflictos,

Aleja el optimismo,

Enfrenta la derrota,

Tómala por las astas,

Escribe.

Déjale la ciencia ficción a las películas,

Habla sobre la vida,

Sobre los demonios que rodean el amor,

Sobre todas aquellas injusticias que has presenciado,

Sobre todas aquellas mujeres

Que para bien o mal llenaron tu vida,

Empezando por tu madre.

Muéstrate agradecido.

Escribe.

Hazlo en la crudeza del invierno,

En las noches del romántico otoño,

En la esplendorosa primavera,

Hazlo incluso, en el último momento de tu vida,

Cuando todas las fuerzas te hayan abandonado,

Y la muerte, perturbada,

Entre en la habitación sin encontrarte arrepentido,

De nada,

Regálale tus últimas palabras,

Toma una hoja en blanco:

Escribe.




jueves, enero 26, 2012

LEJOS DE LA TIERRA



No digo que te extrañe,

Por ese fino vacío en el viejo mueble que amparaba nuestras tardes;

Ni por mirar la vida a través del cristal empañado de tu ausencia;

Ni por escuchar tu voz en tantos labios cubiertos con el brillo que nunca usabas.


No digo que me hagas falta,

Porque la mesa me quede grande y la comida restante termine en la basura;

Ni por las notas ausentes sobre la mesa con esa letra menguante de tu mano zurda;

Ni por el golpe de tu rodilla como un rito sagrado al iniciar la mañana.


No digo que me hagas falta,

Es sólo que los días de fiesta se han olvidado del color blanco de tu vestido;

Es tal vez que mi mejilla ya no sufre adormecida por el cúmulo incansable de tus besos;

Es tal vez que la calle es grande y aún no me acostumbro a ese trecho que antes ocupabas.


No digo que te extrañe,

Es sólo que estas viejas prendas que todavía uso no pueden librarse de tu aroma;

Es tal vez el ocio, que me impide limpiar el estante donde han quedado los buenos recuerdos;

Es tal vez mi paladar, que no está acostumbrado al sabor de los nuevos tiempos.


Es quizá que empujo la vida,

Hacia un horizonte maravilloso,

Y siento pena,

De que llegue el día

En que desaparezcas por completo

Y dejes de ser

Ese momento único y perfecto

Por el cual escribo.



lunes, enero 23, 2012

Escribir 3

Escribir es el arte de mentirle a los demás siendo sincero con uno mismo.

miércoles, enero 18, 2012

LIMA



Lima, mi Lima. Ciudad con una belleza cautiva, con rincones plácidos, hermosos, turbios, peligrosos. Olvidada muchas veces. En ocasiones, despreciada bajo el ojo cruel del residente que quiere que seas París, Buenos Aires o Santiago, sin saber que en tu extraña imperfección radica tu adorable naturaleza y que eres el fiel reflejo de los que te habitan. Yo, que me he perdido en tus calles inmundas y tus hermosos parques; que he recorrido tus tugurios, de mercaderes y delincuentes y he saboreado la comida exquisita de tu vientres; que conozco tu damero y la explosión de los nuevos vecindarios -residenciales o barrios- donde ya no llega el eco de tu historia, yo sí te quiero.
Feliz día, adorable y caótica cuna.
Feliz día.



domingo, enero 15, 2012

LOS AMANTES


Somos dos criaturas solitarias

Cobijadas en el parto de la noche

Protegidas por el silencio

Amparadas por el pecado.

Somos dos fugitivos desesperados

Escapando de las garras de la rutina:

Del cilicio y del paso de los años;

Del velo desgastado que arropa nuestra vida;

Construyendo un espacio aparte,

Una celosía que nos guarde

Del juicio de cobardes y puritanos;

Un refugio perfecto para encontrarnos

Y consumir nuestro romance sin futuro,

Pero un romance perfecto –al fin y al cabo-

Como una pieza maestra,

Tallada en besos urgentes

Que brotan de nuestros labios necesitados.

Una obra absoluta,

Sin amigos en común, ni noches de fiesta

que se alimenta, día tras día

mientras esperamos que tanto fuego

no termine dañando nuestras vidas.