La primera pelea ocurrió la noche
del viernes cuando, amparados por la oscuridad del pasaje, aprendíamos a fumar
nuestros primeros cigarrillos. Los vimos llegar discutiendo por la calle
contigua, con gritos desordenados que se estrellaban a toda velocidad. Cruzaron
sin percatarse que nuestras miradas los seguían. Ella le dio un par de golpes
en el pecho, con su larga cabellera rubia alborotándose por el forcejeo; él
intentó atraerla de nuevo, pero los golpes lo obligaron a dejarla ir.
“¡Estoy harta de que siempre
tengas que preocuparte por esa estúpida!”, dijo ella.
El tipo extendió sus manos,
languideció su rostro, arqueó sus cejas con exageración. “Ahora somos amigos,
Connie”. “¿De dónde imaginas que ella todavía me interesa?”
La chica abrió su cartera y buscó
sus llaves. Él intento acercarse, pero ella levantó el codo. Le dio justo en la
cara. Luego entró a su casa, azotó la puerta y dejó al tipo en la calle. Le
echamos una pitada a nuestros cigarrillos mientras veíamos una sucesión de luces
que se prendían y apagaban en toda la casa, hasta llegar al segundo piso, donde
había una ventana que daba a la calle y cuya luz permaneció encendida. “Connie,
por favor, no hagas esto”, suplicó el tipo hablándole a la nada, cuando un
sinfín de objetos empezó a llover desde la ventana. Lo primero que vimos fue un
enorme panda de peluche, seguido de unos vestidos de noche, un reloj de mesa,
maquillaje, labiales, cajas de rosas, fotografías, tarjetas, pequeños adornos
de mesa, una larga toalla, unas sandalias; todo encima del tipo que, absorto,
seguía mirando a la ventana con las manos extendidas. “¡Llévate toda tu
mierda!”, gritó la chica. “¡Llévate toda tu mierda y dásela a esa perra!”
El tipo, derrotado, empezó a recoger
las cosas; cruzó su mirada con la nuestra. Sus ojos estaban resignados, a punto
de empantanarse. Cogió la toalla, la extendió y empezó a guardarlo todo. Al
terminar, se echó las cosas al hombro y decidió marcharse, pero la puerta de la
casa se abrió y él detuvo el paso. La chica estaba en el umbral, en pijama. “No,
Carlo, no te vayas. Perdóname”, le dijo, con voz contrita, y corrió hacia él
para darle un abrazo. El tipo dejó caer las cosas y empezó a besarla con
pulsión, hasta que recordó que estábamos ahí observándolos. Entonces recogieron
todo y entraron en la casa.
Las noches siguientes los vimos
llegar tomados de la mano, salir a caminar, a cenar, siempre enfrascados en
besos intensos y caricias impetuosas. Todo parecía ir de maravilla entre ellos,
hasta la noche en que se nos acabaron los cigarrillos. Esta vez ella cruzó
primero. “Nada tenías que hacer conversando con ella”, gritaba, furiosa. El
tipo apareció, persiguiéndola con los brazos extendidos. “¿Cómo no voy a
contestarle si trabajo con ella, Connie?”, replicó exaltado. “¡Te gusta
coleccionar putas! ¡Eso es lo que pasa!”, dijo la chica mientras buscaba las
llaves de su casa. El tipo intentó acercarse, pero ella sacó una lima de su
cartera: “Ni se te ocurra tocarme, maldito imbécil. Que ni se te ocurra”.
Ella entró, y el tipo volvió a
quedarse afuera con las manos extendidas. Vimos la seguidilla de luces y
decidimos prender los últimos cigarrillos. El tipo volteó a mirarnos cuando un
par de sandalias cayeron sobre su cabeza. Luego siguieron cayendo más cosas.
Vimos una maceta con girasoles que se rompió al impactar contra el suelo, una
caja de galletas que se desperdigó por la calle, un walkman que, por fortuna, cayó
sobre el césped de un arriate. “¡Muérete, imbécil!”, gritaba la chica, mientras
el tipo empezaba a recoger las cosas y a guardarlas, esta vez usando un fino
cubrecama. Pasó por nuestro lado tratando de ignorarnos, con la vergüenza
asentada en las mejillas, y dobló por la esquina. La chica se asomó a la
puerta, vio las galletas derramadas por el suelo. “¿Carlo? ¡Carlo!”, gritó. Le
señalamos el camino por donde se había marchado y fue corriendo tras él.
Regresaron al rato, cargando sus cosas mientras se prodigaban besos
despiadados. Apagamos nuestros cigarros y regresamos a casa.
Pasaron algunas noches hasta que
junté dinero y valor para conseguir una nueva cajetilla. Busqué a la gente y
regresamos al pasaje. Uno de nosotros había conseguido una botella de cañazo,
así que decidimos pasar el rato tomando. Era la una de la mañana cuando el tipo
apareció frente a nosotros. “¿Saben si Connie está dentro?”, preguntó. Negamos
meneando la cabeza, mientras el licor raspaba con crueldad nuestras gargantas.
El tipo se sentó en una banca y se puso a esperar, inquieto. Después de un buen
rato, el ruido de un auto, a lo lejos, lo alertó. Dimos un par de pitadas bajo
un silencio absoluto. Entonces empezaron los gritos. La chica apareció en la
calle y, ni bien lo vio, lo apuntó con el dedo índice: “¡Nada tenías que hacer
coqueteando con esa idiota en nuestra mesa!”. El tipo meneó la cabeza. “Es mi
prima, Connie. ¿Qué rayos te pasa?”, dijo, intentando cruzarse en su camino,
pero ella le dio un puntapié en la rodilla y buscó sus llaves. “No soy ninguna
cojuda. Sé bien que esa perra quiere algo contigo. ¿Por qué tenías que invitarla?”.
“Es mi prima”, insistió el tipo. “¿Cómo no la voy a invitar a mi cumpleaños?”
Esa vez no hubo seguidilla de luces.
Ella cerró la puerta y él se quedó fuera, repitiendo su última pregunta.
Entonces las cosas empezaron a llover nuevamente por la ventana, esta vez en
mayor cantidad, con mayor violencia. El walkman se hizo pedazos al caer, los
vestidos se rasgaron, los peluches habían sufrido tijeretazos, perdido sus
ojos; las tarjetas y las fotos caían hechas picadillo. “¡Lárgate con todas tus
putas, estúpido!”, se podía oír desde el segundo piso, “Estoy harta”.
El tipo no buscó la toalla, ni el
cubrecama. Sólo apiló las cosas frente a la puerta de la casa. Cogía cada
objeto, lo miraba con pena y lo echaba en la ruma, como despidiéndose de él.
Luego se acercó a donde estábamos y nos pidió la botella, los fósforos y un
cigarrillo. Regresó a la pila de recuerdos y las roció con el cañazo, prendió
su cigarrillo y aventó el cerillo. Nos hizo un guiño antes de perderse por la
esquina, dejándolo todo en llamas.
