miércoles, julio 11, 2012

EN LLAMAS




La primera pelea ocurrió la noche del viernes cuando, amparados por la oscuridad del pasaje, aprendíamos a fumar nuestros primeros cigarrillos. Los vimos llegar discutiendo por la calle contigua, con gritos desordenados que se estrellaban a toda velocidad. Cruzaron sin percatarse que nuestras miradas los seguían. Ella le dio un par de golpes en el pecho, con su larga cabellera rubia alborotándose por el forcejeo; él intentó atraerla de nuevo, pero los golpes lo obligaron a dejarla ir.

“¡Estoy harta de que siempre tengas que preocuparte por esa estúpida!”, dijo ella.

El tipo extendió sus manos, languideció su rostro, arqueó sus cejas con exageración. “Ahora somos amigos, Connie”. “¿De dónde imaginas que ella todavía me interesa?”

La chica abrió su cartera y buscó sus llaves. Él intento acercarse, pero ella levantó el codo. Le dio justo en la cara. Luego entró a su casa, azotó la puerta y dejó al tipo en la calle. Le echamos una pitada a nuestros cigarrillos mientras veíamos una sucesión de luces que se prendían y apagaban en toda la casa, hasta llegar al segundo piso, donde había una ventana que daba a la calle y cuya luz permaneció encendida. “Connie, por favor, no hagas esto”, suplicó el tipo hablándole a la nada, cuando un sinfín de objetos empezó a llover desde la ventana. Lo primero que vimos fue un enorme panda de peluche, seguido de unos vestidos de noche, un reloj de mesa, maquillaje, labiales, cajas de rosas, fotografías, tarjetas, pequeños adornos de mesa, una larga toalla, unas sandalias; todo encima del tipo que, absorto, seguía mirando a la ventana con las manos extendidas. “¡Llévate toda tu mierda!”, gritó la chica. “¡Llévate toda tu mierda y dásela a esa perra!”

El tipo, derrotado, empezó a recoger las cosas; cruzó su mirada con la nuestra. Sus ojos estaban resignados, a punto de empantanarse. Cogió la toalla, la extendió y empezó a guardarlo todo. Al terminar, se echó las cosas al hombro y decidió marcharse, pero la puerta de la casa se abrió y él detuvo el paso. La chica estaba en el umbral, en pijama. “No, Carlo, no te vayas. Perdóname”, le dijo, con voz contrita, y corrió hacia él para darle un abrazo. El tipo dejó caer las cosas y empezó a besarla con pulsión, hasta que recordó que estábamos ahí observándolos. Entonces recogieron todo y entraron en la casa.

Las noches siguientes los vimos llegar tomados de la mano, salir a caminar, a cenar, siempre enfrascados en besos intensos y caricias impetuosas. Todo parecía ir de maravilla entre ellos, hasta la noche en que se nos acabaron los cigarrillos. Esta vez ella cruzó primero. “Nada tenías que hacer conversando con ella”, gritaba, furiosa. El tipo apareció, persiguiéndola con los brazos extendidos. “¿Cómo no voy a contestarle si trabajo con ella, Connie?”, replicó exaltado. “¡Te gusta coleccionar putas! ¡Eso es lo que pasa!”, dijo la chica mientras buscaba las llaves de su casa. El tipo intentó acercarse, pero ella sacó una lima de su cartera: “Ni se te ocurra tocarme, maldito imbécil. Que ni se te ocurra”.

Ella entró, y el tipo volvió a quedarse afuera con las manos extendidas. Vimos la seguidilla de luces y decidimos prender los últimos cigarrillos. El tipo volteó a mirarnos cuando un par de sandalias cayeron sobre su cabeza. Luego siguieron cayendo más cosas. Vimos una maceta con girasoles que se rompió al impactar contra el suelo, una caja de galletas que se desperdigó por la calle, un walkman que, por fortuna, cayó sobre el césped de un arriate. “¡Muérete, imbécil!”, gritaba la chica, mientras el tipo empezaba a recoger las cosas y a guardarlas, esta vez usando un fino cubrecama. Pasó por nuestro lado tratando de ignorarnos, con la vergüenza asentada en las mejillas, y dobló por la esquina. La chica se asomó a la puerta, vio las galletas derramadas por el suelo. “¿Carlo? ¡Carlo!”, gritó. Le señalamos el camino por donde se había marchado y fue corriendo tras él. Regresaron al rato, cargando sus cosas mientras se prodigaban besos despiadados. Apagamos nuestros cigarros y regresamos a casa.

Pasaron algunas noches hasta que junté dinero y valor para conseguir una nueva cajetilla. Busqué a la gente y regresamos al pasaje. Uno de nosotros había conseguido una botella de cañazo, así que decidimos pasar el rato tomando. Era la una de la mañana cuando el tipo apareció frente a nosotros. “¿Saben si Connie está dentro?”, preguntó. Negamos meneando la cabeza, mientras el licor raspaba con crueldad nuestras gargantas. El tipo se sentó en una banca y se puso a esperar, inquieto. Después de un buen rato, el ruido de un auto, a lo lejos, lo alertó. Dimos un par de pitadas bajo un silencio absoluto. Entonces empezaron los gritos. La chica apareció en la calle y, ni bien lo vio, lo apuntó con el dedo índice: “¡Nada tenías que hacer coqueteando con esa idiota en nuestra mesa!”. El tipo meneó la cabeza. “Es mi prima, Connie. ¿Qué rayos te pasa?”, dijo, intentando cruzarse en su camino, pero ella le dio un puntapié en la rodilla y buscó sus llaves. “No soy ninguna cojuda. Sé bien que esa perra quiere algo contigo. ¿Por qué tenías que invitarla?”. “Es mi prima”, insistió el tipo. “¿Cómo no la voy a invitar a mi cumpleaños?”

Esa vez no hubo seguidilla de luces. Ella cerró la puerta y él se quedó fuera, repitiendo su última pregunta. Entonces las cosas empezaron a llover nuevamente por la ventana, esta vez en mayor cantidad, con mayor violencia. El walkman se hizo pedazos al caer, los vestidos se rasgaron, los peluches habían sufrido tijeretazos, perdido sus ojos; las tarjetas y las fotos caían hechas picadillo. “¡Lárgate con todas tus putas, estúpido!”, se podía oír desde el segundo piso, “Estoy harta”.

El tipo no buscó la toalla, ni el cubrecama. Sólo apiló las cosas frente a la puerta de la casa. Cogía cada objeto, lo miraba con pena y lo echaba en la ruma, como despidiéndose de él. Luego se acercó a donde estábamos y nos pidió la botella, los fósforos y un cigarrillo. Regresó a la pila de recuerdos y las roció con el cañazo, prendió su cigarrillo y aventó el cerillo. Nos hizo un guiño antes de perderse por la esquina, dejándolo todo en llamas.