sábado, noviembre 13, 2010

Epifanía


Aléjate de todo. De todos. Obsérvalos andar. Repara en sus pasos agotados, en sus vidas siempre insatisfechas. Míralos, aferrándose con toda su voluntad a la esperanza de que se pueden ser felices. Míralos, incapaces de ser sinceros consigo mismos, ajenos a todo, evadiendo la miseria y el sufrimiento, cerrando los ojos ante las verdades que desfilan frente a los parabrisas de sus vehículos.

Aléjate de ellos, míralos arruinarse la vida de jóvenes, y después hablar de bendiciones y milagros. Míralos hablando maravillas de ellos mismos, pero incapaces de sacrificarse por otros; velos rezar, persignarse, arrodillarse, temerosos de que la vida se les vaya con el primer viento, temerosos de no tener nada, cuando es nada lo que siempre han tenido.

Velos, siempre inconformes, siempre anhelantes de una vida diferente a la que tienen, creyendo que la mujer de sus sueños no es aquella con la duermen al lado, creyendo que tienen al hombre ideal sin saber que pronto tendrán que odiarlo. Obsérvalos, felices, desangrando su vida por criaturas que algún día se avergonzarán de ellos, que experimentarán con substancias y denigraran sus cuerpos y los harán llorar lágrimas suficientes como para llenar una casa. Míralos llenar su cabeza de complicaciones para poder obtener más y más, pero siempre viviendo menos.

Ahí están, sentados en un escritorio, aborreciendo los lunes, anhelando los viernes, preguntándose cuando será el día que todo deje de ser tan complicado. Míralos correr a las aulas, sumar, restar, multiplicar, dividir; sobre todo dividir, que es el principio de esa palabra odiada y querida, siempre a conveniencia: explotar. Míralos, con sus cartones relucientes enmarcados, aburridos de sí mismos, incapaces de pensar, de sólo detenerse un momento y pensar. Míralos odiarse, insultarse, negar todo aquello que juraron alguna vez ante un altar, mira como ese álbum de fotos, el vestido blanco y el ajuar se va a la cloaca, míralos tocar la miseria, en una casa de dos pisos con vista al mar.

Míralos llorar.

Sigue sus pasos, escucha el ruido de los tacos por las aceras, míralos coquetear en las fiestas, esconder el anillo, obsérvalos deseando a otros en un silencio mediocre; velos odiar a sus patrones, maldecir a sus clientes, rebuscar su billetera y colmarse de deudas insensatas. Míralos beber, fumar, escapar a otras ciudades para respirar, y luego regresar a ahogarse, en la infelicidad de una vida que jamás lograra colmarlos. Observa sus sonrisas falsas, jurando alegría, jurando conformidad, jurando tranquilidad, cuando por dentro no saben que su vida siempre es una suerte de pasos en falso. Los verás comer, dormir, llorar; correr, bailar, llorar y te sorprenderás de saber que la lealtad es la primera de las mentiras, que dormirán con otros, pagarán por otros, y regresaran a casa tratando de esconder el perfume, mortificados por la sensación de un beso proveniente de otros labios. Se entregaran al silencio, correrán a sus oficinas, trabajarán hasta tarde, y no querrán pensar nunca, jamás, en el sendero por el que se arrastran sus miserables vidas.

Es su naturaleza, su esencia, su matiz. No hay día, por más sol que tenga, que vaya a iluminar esa substancia gris que los impregna. Sabrás que es la marca de la insatisfacción, sabrás que pronto sufrirán, entonces los veras en la hermosa quietud de la muerte, los veras nuevamente llorar.

Aléjate de ellos.

Ahora, escribe.