
La protesta se hizo escuchar. Los pobladores cusqueños se oponen a la exportación del gas de Camisea. Han bloqueado carreteras y han cometido una sería de exabruptos que, como ya hemos visto en otras partes del Perú, traerán serios problemas al resto de comunidades, al transporte, al consumo interno y al turismo.
Sin embargo, dicha medida, aunque inadecuada, tiene un trasfondo que preocupa. El gobierno Aprista esta empecinado en exportar el gas a como dé lugar.
Del Castillo, el muñeco de año nuevo aprista, se manifestó ayer en el debate congresal: “Cuando lo quiso hacer el gobierno de Toledo, no dijeron nada. Ahora que lo retomamos nosotros, protesta”.
Pero olvida que su chamullero amigo Alan García, hizo gala de su elocuencia hueveadora en uno de sus discursos del 2009, aduciendo que no permitiría que se sacrifique el consumo interno de gas en beneficio de la exportación. (Aduciendo a la modificación de la ley que se hiciera en el gobierno de Toledo para intentar exportar el gas si o si). Bla, bla, bla.
Si el contrato de Camisea (firmado en el 2004) indicaba que durante 10 años solo se usaría gas para el mercado local, ¿por qué Toledo y ahora los ratoncitos Apristas desean exportarlo?
¿Afán de contribuir al mercado de combustibles, afán por el crecimiento de la macroeconomía, beneficio para el país?
No. Se especula por ahí que los dueños mayoritarios de Camisea han destinado 380 millones de dólares en gastos de gerencia. Todos los que hemos trabajado en una empresa sabemos bien a qué se le llama gastos de gerencia. Son aquellos gastos que, por ser usualmente destinados a gollerías, almuerzos, viajes y sobre todo a ciertos incentivos en la toma de decisiones de nuestros socios (soborno es una palabra muy poco profesional), no se justifican dentro de una contabilidad menuda o muy detallada. Pues debido al tamaño del botín y teniendo en cuenta ese ferviente voluntad de los apristas por llenarse los bolsillo con plata, la necesidad de exportar el gas se hace más que evidente.
Exportar el gas implica venderlo en un valor doce veces menor al que se pagaría por consumo interno. ¡DOCE VECES MENOR! Lo cual se traduce en una pérdida de ingresos al aparato estatal, a las empresas locales y a los pequeños distribuidores. Las empresas que generan energía eléctrica tendrán que reemplazar el gas por el diesel 2 (que es más caro), así que nuestros recibitos mensuales de luz se verán incrementados.
Lo que es peor. La empresa que compre el gas volverá a venderlo al Perú por un precio mucho más alto, haciendo así un negocio redondo y jodiendo nuestros bolsillos. Todo amparado por la venia de un gobierno que, estando en su último año, debe asegurar el botín antes que el gobierno siguiente lo haga.
Pero sólo Cuzco protesta. Porque yo gano cinco mil o diez mil soles y me da igual si sube o no el precio de la luz. Me da igual porque a mi auto yo le echo gasolina de 97. Me da igual, porque no sé lo que es manejar un taxi ni tener que sostener a mi familia con eso. Me da igual, porque mi tío es aprista y porque de alguna forma por ahí puedo agenciarme un favorcito del gobierno, ¿y qué si me cae un poco de esos 380 milloncitos?
Me da igual, porque para mí el Perú es Lima, y Lima es Larcomar.
Esa podría ser la respuesta. Pero creo que este es un momento decisivo para mostrar nuestra conciencia colectiva. Para pensar en todos, sobre todo en aquellos que necesitan más que nosotros. El gas debe exportarse cumplido su momento. No antes, no por favores, no sin asegurar el consumo interno, ya que luego de unos años pueda ser que esa escasez toque mi puerta, cuando Alan ya esté en París nuevamente, lejos de todo, cagándose de la risa de nuestra impavidez y falta de conciencia.
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