sábado, diciembre 11, 2010

El Piso 11


El corredor que separa el ingreso al hospital de los pabellones se hizo más largo esta vez. Al llegar a los ascensores, un vigilante y una enfermera me pidieron un pase especial. Recordé que las visitas regulares se hacían en la tarde. –Voy al piso 11 a ver mi madre -dije. La enfermera revisó unos papeles sujetos a una tablilla de madera. Entonces le hizo un gesto afirmativo al guardia al tiempo que cerraba brevemente sus ojos. Subí al ascensor.

Aquel miércoles salí a trabajar con apuro y sueño. A pesar de la jornada maratónica del día anterior, tenía temas pendientes que debía resolver y que ya no podían posponerse. No pude dejar de reparar en la habitación vacía de mis padres. Habían pasado tres días y mi madre seguía en el hospital. En las pocas veces que hablé con mi padre –fue él quien me llamó todas las pocas veces- no hubo novedad alguna. –Ella está bien -me decía-. Tu tranquilo nomás.

No tenía mucho tiempo para pensar en estar tranquilo o no. El teléfono de mi oficina nunca dejaba de sonar.


Una semana antes de eso, mi madre se había caído. De no ser por mi padre, el golpe habría sido terrible. Una larga enfermedad la aquejaba y la había consumido hasta hacerle perder una pierna. Si bien la caída no le produjo ninguna contusión, algo se quebró desde ese momento. Mi madre se recluyó en el mutismo y la angustia, en llantos desconsolados e imprevistos. Su malestar me provocaba malestar. En mi cabeza, su llanto se mezclaba con mis problemas en el trabajo y la promesa de un puesto como supervisor. Me costaba entender esa mezcla de preocupación e impaciencia. Me dolía verla así, pero a la vez me fastidiaba verla.

Al llegar el fin de esa semana quise olvidarme de mis preocupaciones, pero mi madre seguía llorosa y ausente. Pedía que la subiéramos a su habitación, luego que la bajáramos. Lo hacíamos usando una silla, debido a su invalidez. Aún no entiendo por qué dije lo que dije. Le dije que ese estado era una clara señal de que estaba a punto de morir. –Déjame tranquila, Luis –fue su respuesta-. Fue la última vez que me dirigió la palabra.


Siempre me ha molestado el vértigo que producen los ascensores del hospital. Me sorprendió notar que de momento, no sentía nada. Mis ojos estaban fijos en los números del ascensor. Piso 11, piso 11, piso 11, habitación 52. La campanita del ascensor sonó una vez más y las puertas se abrieron. Piso 11. El sol se filtraba por los grandes ventanales del hall. Miré los números de algunos cuartos para orientarme. Una enfermera me dijo que tomara el corredor de la izquierda. Mi garganta estaba seca. Me dolía. Mis manos sudaban de forma incontrolable. Inicié mi marcha con un falso paso apurado. No quería llegar a la habitación. Soy sincero: no quería.

Aquel miércoles llegué al trabajo y apenas si tuve tiempo de sentarme. Una lluvia de reportes e informes me volcaron de lleno a la jornada de día completo en el que lidiaba con mi jefe, con mis colegas y mis clientes. Todo era para ayer, todo era ASAP –como me jodía esa palabra- y todos los correos, firmados con saludos cordiales, exigían una respuesta de mi parte en términos nada cercanos a la cordialidad. Sonó mi celular. Era mi padre.

-Oye papito -me dijo el viejo-. Tu madre ha entrado en coma. Y el médico dice que no se va a recuperar. Hay que esperar nomás, ya si pasa algo yo te vuelvo a llamar. Colgó.

Sentí un sabor salobre en mi boca, y un vértigo que me hizo recordar al ascensor del hospital donde solía atenderse mi madre. Pensé en las palabras de mi padre, su serenidad no iba acorde con la noticia dada. Pensé en muchas otras cosas mientras articulaba algunas palabras delante de mi jefe, que sonaban a un permiso justificado. –Deja tus pendientes a fulanito de tal y ten tu celular prendido –me dijo. Mi celular interrumpió. Soy sincero: no quería contestar.


Me dijo que la dejara tranquila y eso intenté. Yo quería verla reponerse, luchar, sacar ese coraje que en sus buenos años la caracterizó, pero sólo atinó a guardar silencio y sollozar. El fin de semana se fue volando; recuerdo incluso que me fui a al bar con mis amigos. Al día siguiente, mientras yo asimilaba mi resaca, mi padre le rogó a mi madre que la acompañara a dar un paseo. Esa noche, a diferencia de otras noches, fue mi padre quien tuvo que contar los detalles. Mi madre estaba en la mesa, con la cabeza hundida entre sus brazos y la voz ausente. –Súbanla mejor a su cuarto –solicitó mi viejo-. Todos nos fuimos a descansar.

Me costó dormir. Me gasté la noche conversando en el chat y viendo televisión. Por eso me molesté cuando mi hermano me despertó ese lunes a las cuatro de la mañana: –Mi mamá está mal, Luis. Vamos a llevarla al hospital.

Mi madre estaba ida. Apenas si pudo pasar de la cama a la silla. La cargamos y bajamos las escaleras con la pericia que los años nos habían dejado. Pero su silencio aumentaba mi cólera y el sueño me mataba. A llegar al primer piso, mientras mi hermano tomaba la silla de ruedas, busqué los ojos de mi madre y disparé sin piedad:

-Así nunca llegaré a ser jefe.

La llevamos hasta la esquina de la calle y quise pedirle perdón, pero no lo hice. La vi subir al taxi y mirarme con ojos tristes, y quise pedirle perdón, pero no lo hice. Fui el único que se quedó en casa. Me fui a dormir. La semana me esperaba con muchos pendientes en el trabajo. No supe más de mi madre hasta tres días después, cuando mi celular interrumpió la conversación con mi jefe, y mi padre me dijo con voz abatida, pero firme, que el coma de mi madre había terminado. Que estaba en la habitación 52, piso 11.

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