lunes, enero 24, 2011

Sara


Ese día esquivé la siesta
Caminé por la avenida echando un cigarro apresurado.
Con la tarde teñida en sangre
mientras el sol moribundo, se despedía,
y todos abandonaban la playa raudos,
resignándose al lunes odioso.

Ahí estaba ella, en el bar, en la terraza
Sosteniendo una botella,
Contemplando, como yo, el principio de la noche.
Diciéndome: “Los demás se han marchado
¿te gusta la noche?”
“Yo la espero siempre, alivia mi carga
me ayuda a soportar los días de oficina”.

Fue extraño encontrarme en ella,
Sentir el azote de su voz
magullando las atormentadas comisuras
de mi alma. Verla sorbiendo la cerveza,
como una bella transición,
mientras el brillo de la escarcha en el cielorraso,
nos impedía extrañar las estrellas.

Sus ojos eran dos océanos
de aguas implacables
que hacían naufragar mi calma,
Su sonrisa, la luna menguada en el horizonte,
surcada por delfines,
derrotando mi apatía
Sus largas manos, sinuosas
Hechizaban sus palabras
Hasta dejarme abatido sobre el estribor de un barco.

Me había enamorado de ella.

Entonces le pregunté si podría echarme
Una carrera,
Cuando todo lo que sucedía arriba nuestro
Hubiera acabado.
Ella asintió, hurgó en su cartera
Y tomó un último trago.
“Yo me voy mañana”, dijo.
“Salvo que lleves prisa”.

Ese día esquivé la siesta
Regresé con ella por la avenida
echando un cigarro apresurado.
mientras la noche se desperezaba,
y el silencio recogía los pasos ausentes
de todos los que se habían marchado.

Mañana, le dije,
mientras subíamos a su habitación.
Mañana.
No tengo prisa.

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