jueves, diciembre 08, 2011

El desvelo


La noche se terminaba y yo no podía dormir. Había pasado horas enteras revolviéndome en la cama, moviéndome de un lado para otro, buscando una posición que permitiera relajarme. La habitación estaba a oscuras, iluminada apenas por el resplandor blanquecino del televisor. No me interesaba nada en particular, sólo apretaba el botón del control remoto y saltaba de canal en canal.

Miré mi reloj: eran casi las cinco de la mañana.

Escuché el canto de un mirlo en mi jardín. Apenas un murmullo, un pequeño gorjeo que me hacía tomar conciencia del prologando desvelo. El cielo empezó a rasgarse, pintando la noche impecable con pequeños matices luminosos. La humedad se coló por la ventana, era aire fresco y agua, un olor salobre, marino, entrando en mis pulmones. Algo más, algo que no podía explicar invadió también el ambiente. Apagué el televisor.

Entonces cerré mis ojos y me entregué al silencio. Y el silencio me llevó hacía ella.

Sentí el frio de mis pies sobre la arena y la calidez de su mano tomando la mía. Sentí su perfume, un hilillo almibarado delicioso; el roce de mi nariz en su mejilla; el movimiento cadencioso con el que empezamos a bailar. Luego oí la música.

Era un viento suave de trompetas, un bolero lento. El mar guapeaba a la distancia, acompañaba nuestros pasos cadenciosos, entregándose al compás de aquella melodía. Mi mano se posó en su cintura. Empezamos a conquistar los espacios; a refugiarnos bajo la brisa y reír con el aliento de las gaviotas. Ella se alejó un momento y liberó su cabello, luego la sentí regresar. Enlazó sus dedos a los míos justo antes de la vuelta final.

Entonces abrí mis ojos, y allí estaba ella, frente a mí, formulando una gran pregunta con su mirada. Sentí mis labios reposando en sus mejillas, mis dedos jugando con los suyos, el roce de su pulgar sobre mi mano. Entonces me invadió el temor, cuando echó su cabeza hacia atrás y cerró sus ojos; cuando no necesitó ninguna palabra para decirme aquello que quedó revelado en ese momento.

Agaché mi cabeza. Despierta, me dije, despierta; no es correcto esto que estás haciendo.

Sentí el olor a humedad y el trino insistente de unas avecillas torpes que poco a poco se iba apagando. El silencio era de paz, era de muerte, era un silencio bello; un lugar donde hubiera podido estar por mucho tiempo con ella.

Sólo entonces pude dormir profundamente.

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