
Si hay algo que en lo que pienso día y noche, es en la catástrofe política que vive el Perú. Durante más de veinte años, vale decir, desde los postreros del gobierno de Belaunde, el Perú ha sido plagado de políticos de mucha maña, palabra bonita y obra perniciosa que han terminado traicionando la confianza de ciertos sectores de la ciudadanía. El desbande político se ha ido produciendo como una reacción en cadena basada en la desaparición de dos valores básicos en un ser humano: la moral y la honestidad. Todos los escándalos y vergüenzas que han brotado de los poderes del gobierno y del congreso provienen en esa pérdida de valores. Y el pueblo, cuna de estos gobernantes, no ha hecho más que llorar o aplaudir, de acuerdo a nuestro entendimiento y valoración de la “viveza”.
Así, Fujimori me parece un producto made in APRA y Toledo, un oportunista. Ollanta ha sido el producto de una división en el país y pie para que Alan –por increíble que parezca- nos vuelva a gobernar. Ahora, a un año de las elecciones, la hija de Fujimori lidera las encuestas y es posible que termine siendo nuestra primera presidenta.
Ante lo dicho, es muy posible que quien este leyendo estas líneas sienta un ramalazo de repulsión y asco al ver una línea más parecida a una monarquía que a un gobierno democrático. Gobierna el rey, gobierna la princesa, gobierna el hermano del rey y encima dos veces, y un caudillo intenta una revolución francesa. Y la pregunta que salta a la vista es ¿por qué? Con mucha humildad, he elaborado unas cuantas ideas me permito compartir:
1. El Perú se ha fracturado.
El primer gobierno de Alan extinguió la clase media. Por ende, en el orbe social sólo hubo una clase alta, muy rica y poderosa y una clase baja. El terrorismo hizo que fuera de ese orbe se creara otra clase: la clase paupérrima. Los asentamientos humanos, llenos de niños con hambre, huérfanos del terrorismo y gente sin trabajo, llenaron la capital. Además, con el estado en números rojos y el cierre del mercado internacional, nos convertimos en un islote encerrado en la bruma del subdesarrollo. Fue el momento perfecto para hacer lucir a Vargas Llosa como un pituco afrancesado. Entonces Fujimori subió a su tractor y prometió todo lo contrario a lo que prometió Vargas Llosa. Ya sabemos que terminó haciendo lo mismo. Entonces el Perú volvió a respirar. Se acabó el terrorismo, se recibió al capital extranjero, apareció Larcomar y Santa Isabel, Saga Falabella y Ripley. Pero un momento, ¿El Perú es Lima? No. El Perú es un territorio vasto. Bastaba irse a tres horas de la capital para darnos cuenta que era una ilusión, un espejismo. Bastaba con decir Andahuaylas, Apurimac, Ayacucho o mirar en los suburbios del Rímac y del Agustino para darnos cuenta que nos habíamos fragmentado.
2. Divide y vencerás.
Esta fragmentación hizo que el peruano tuviera esperanza y aguardara su turno. Ese turno no llegó. Fujimori aprovecho su éxito vigente para verter el beneficio de su gestión a su favor. Entonces apareció la figura de Montesinos. La historia es conocida por todos y si quedan dudas bastará con leer algo de la investigación de la comisión de la verdad o darse una vueltita por la hemeroteca nacional. Fujimori inicio un estado de dictadura y terror como no lo hubo antes, lo cual incluyó el asesinato y tortura de agentes del SIN y periodistas, el secuestro, la manipulación de influencias y las relaciones con el narcotráfico. Mientras tanto, las mentes de miles de peruanos se vieron destruidas por infinidad de diarios chichas, tecnocumbia, televisión basura y otros dulcecillos que empalagaron nuestra mente y nos impidieron opinar. Ello, sumado a la pésima educación base, dio como resultado una patria ciega e ignorante, donde el tuerto –Fujimori y Cia.- era el rey.
3. La Chakana y el retorno del rey.
El pueblo se alió con la figura indígena y cobriza, con cursitos en Harvard. Fujimori dimitió y corrió a refugiarse a su tierra natal. Toledo llegó al poder, celebró el Inti Raymi y cantó con los hermanos Gaytan Castro. Fue una fiesta que no quiso terminar jamás, por ello empezó a usar el avión presidencial como fortín de sus parrandas. Entonces le giró nuestro dinero a su familia, y empezó con lo mismo: manejos turbios, tráfico de influencias, nepotismo. Pero por si no bastara con ello, tuvimos que soportar a su mujer, Eliane, y sus problemas con la CONAPA. El pueblo, fracturado, humillado y traicionado, recibió con los brazos abiertos a un muñequito fabricado en Venezuela: Ollanta Humala. Los empresarios, los adinerados, los que tenían sus bienes invertidos en el Perú, necesitaban alguien que no sacuda el polvo y que permita que ese “crecimiento económico” no se detenga. Finalmente el rey regreso a su trono: Alan salió reelecto.
El gobierno de Alan, si bien no podrá compararse con el de Fujimori, ha sido uno de los más corruptos que se puedan recordar. Pero ya no nos escandaliza. Es como si nuestras espaldas se hubieran acostumbrado a trabajar duro, para que los patrones coman y disfruten del festín. Es como que no importara ese descuento de quinta categoría en nuestras boletas de pago o el impuesto del IGV. Nos hemos resignado de pagar ese tributo en aras de un crecimiento económico que solo beneficia a ciertos empresarios, mientras el resto del Perú, el cual solo conocemos como destino turístico y no como realidad, se sigue muriendo de hambre y frio. Es por ello que creo firmemente que Keiko saldrá electa. Porque lejos de esta Lima de edificios lindos y cafecitos, hay un pueblo, fracturado y doliente, cuya mente inocente aun cree en las falacias de la hija del rey, un pueblo que aún busca una Juana de Arco que les devuelva todo aquello que perdieron.
Más de lo mismo.