miércoles, diciembre 21, 2011

Xenit



La espléndida luz,

El rayo,

Que dibujan tus pupilas

Esta madrugada

Mientras sujetas mi mano

Al momento de marcharte

Se dibuja tibio

Sobre el agua

Recorre mis venas

Se clava

Como una astilla aguda

Entre mis costillas

Enterrando mis palabras

En el fondo de un libro viejo

Guardado

En la prudente distancia

En impecable silencio

Mientras me acerco

Al brillo perfecto

Que acaricia la mañana.


El viento estival

Que asoma entre las comisuras

De tus labios rosa

Cargados de complicación

Y magia,

Se cuela por mis ventanas,

Se instala en mi pecho,

Perfuma el intento

De no volver a encontrarme

Con la pared indiferente

De tu mejilla;

Sacude la luz de los faroles

Esta madrugada

Revuelve viejos recuerdos

Antiguos amores

Los convierte en polvo

En una foto gastada,

Imposible de guardar el oro

Que nos brinda este momento.


Te yergues

Sobre las puntas de tus zapatillas

Arqueas el cuerpo,

Alientas la última cuota de calor

Que nos rodea

En este momento tímido

Un poco absurdo

Sabiéndote impía

Enterrando bajo el césped

Lo que sentías por otro.

Permites que mi mano

Recorra tu mejilla,

Que nuestros cuerpos se junten,

Que el viento se calme,

Que el fulgor de tus ojos

Se extinga

Y te unes a mí

Esta madrugada

Como la cómplice de mi vida

Mientras nos acercamos

Al brillo perfecto

Que acaricia la mañana.

jueves, diciembre 08, 2011

El desvelo


La noche se terminaba y yo no podía dormir. Había pasado horas enteras revolviéndome en la cama, moviéndome de un lado para otro, buscando una posición que permitiera relajarme. La habitación estaba a oscuras, iluminada apenas por el resplandor blanquecino del televisor. No me interesaba nada en particular, sólo apretaba el botón del control remoto y saltaba de canal en canal.

Miré mi reloj: eran casi las cinco de la mañana.

Escuché el canto de un mirlo en mi jardín. Apenas un murmullo, un pequeño gorjeo que me hacía tomar conciencia del prologando desvelo. El cielo empezó a rasgarse, pintando la noche impecable con pequeños matices luminosos. La humedad se coló por la ventana, era aire fresco y agua, un olor salobre, marino, entrando en mis pulmones. Algo más, algo que no podía explicar invadió también el ambiente. Apagué el televisor.

Entonces cerré mis ojos y me entregué al silencio. Y el silencio me llevó hacía ella.

Sentí el frio de mis pies sobre la arena y la calidez de su mano tomando la mía. Sentí su perfume, un hilillo almibarado delicioso; el roce de mi nariz en su mejilla; el movimiento cadencioso con el que empezamos a bailar. Luego oí la música.

Era un viento suave de trompetas, un bolero lento. El mar guapeaba a la distancia, acompañaba nuestros pasos cadenciosos, entregándose al compás de aquella melodía. Mi mano se posó en su cintura. Empezamos a conquistar los espacios; a refugiarnos bajo la brisa y reír con el aliento de las gaviotas. Ella se alejó un momento y liberó su cabello, luego la sentí regresar. Enlazó sus dedos a los míos justo antes de la vuelta final.

Entonces abrí mis ojos, y allí estaba ella, frente a mí, formulando una gran pregunta con su mirada. Sentí mis labios reposando en sus mejillas, mis dedos jugando con los suyos, el roce de su pulgar sobre mi mano. Entonces me invadió el temor, cuando echó su cabeza hacia atrás y cerró sus ojos; cuando no necesitó ninguna palabra para decirme aquello que quedó revelado en ese momento.

Agaché mi cabeza. Despierta, me dije, despierta; no es correcto esto que estás haciendo.

Sentí el olor a humedad y el trino insistente de unas avecillas torpes que poco a poco se iba apagando. El silencio era de paz, era de muerte, era un silencio bello; un lugar donde hubiera podido estar por mucho tiempo con ella.

Sólo entonces pude dormir profundamente.